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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que duele en blanco y negro

La película de Magnus von Horn rescata un caso criminal danés y lo convierte en una mirada cruda sobre la maternidad, la pobreza y los márgenes de elección. Un retrato que incomoda y que, por eso mismo, vale la pena ir a buscar al cine.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos · · lectura 3 min
La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que duele en blanco y negro

Me acuerdo de una frase que le escuché una vez a un director local, cuando le preguntaron por qué le gustaba tanto filmar en blanco y negro: porque la falta de color obliga a mirar de verdad, decía, a prestarle atención a las caras y a los gestos en lugar de distraerse con el decorado. Pienso en eso cada vez que me siento frente a una película como La chica de la aguja, el largo de Magnus von Horn que llegó a nuestras salas y que me parece uno de los estrenos más potentes de la temporada, de esos que uno no quiere abandonar ni una vez que termina.

Antes de hablar de la trama conviene detenerse en el lugar, porque acá el escenario no es un adorno: es casi un personaje más. Horn reconstruye una Copenhague de posguerra, con calles embarradas, interiores pequeños donde la luz entra con dificultad y una sensación constante de frío y de hambre que se pega al cuerpo del espectador. La ciudad no se muestra como postal turística ni como escenario romantizado de una Europa de entreguerras: se muestra como una ciudad donde a muchas mujeres les faltaba lo mínimo y donde, en consecuencia, las opciones se achicaban hasta volverse casi una trampa.

The needle and the damage done

En ese contexto aparece Karoline, una trabajadora joven y embarazada que no encuentra cómo resolver su situación. La película sigue su recorrido sin golpes bajos ni subrayados: la deja caminar, equivocarse, confiar en quien no debe y tratar de sobrevivir como puede. Es Trine Dyrholm la que se roba buena parte del peso del relato con Dagmar, esa mujer que se presenta como una especie de intermediaria capaz de conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. La interpretación de Dyrholm es de esas contenidas y a la vez incómodas, de esas que te dejan pensando durante varios días después de salir del cine.

Porque la película parte de un caso criminal real que sacudió a Dinamarca, y ese es uno de sus grandes hallazgos: usar el hecho policial como puerta de entrada para hablar de algo mucho más profundo, que es el lugar que la sociedad le reservaba a las mujeres solas, pobres y con hijos en una Europa que todavía estaba digiriendo los efectos de la Primera Guerra Mundial. El drama convive con el suspenso, y el suspenso convive con una pregunta incómoda: cuánto margen de decisión tiene realmente una persona cuando no tiene ni dinero ni red de contención ni Estado que la banque.

“No es una película para ver de fondo mientras se revisa el celular: pide atención y devuelve mucho a la vez.”Nicolás Bahamonde

Si les gustan los dramas europeos con densidad, las historias que no les tienen miedo a la oscuridad y están dispuestos a pensar un rato largo después de los créditos, La chica de la aguja es una de esas películas que vale la pena agendar. Se está proyectando en salas de cine independientes y en complejos comerciales con una programación más de arte, así que lo mejor es chequear la cartelera local antes de moverse. Hay funciones en distintos horarios a lo largo de la semana y el precio ronda los valores habituales de una entrada de cine en la Argentina, con promociones vigentes para jubilados y estudiantes. Vayan, cómprense un café y dense el gusto de mirar una película que les va a doler un poco, pero que también les va a dejar algo para rato.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos

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