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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Treinta y un años mirando crecer a los chicos del barrio: Marcelo Sotomayor se despide del Hospital Heller con la libreta llena de consejos

Llegó cuando la institución empezaba a funcionar y atendió al primer bebé nacido allí. A punto de dejar el guardapolvo, repasa qué cambió en la salud infantil, qué les dice siempre a las familias y por qué insiste con la lactancia, los accidentes en la casa y el uso de pantallas.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 5 min
Treinta y un años mirando crecer a los chicos del barrio: Marcelo Sotomayor se despide del Hospital Heller con la libreta llena de consejos

Me lo cruzo en el pasillo del Hospital Heller de Neuquén con el ambo un poco arrugado, la cara de cansado bueno y esa manera que tienen los médicos de toda la vida de mirar a la gente como si todavía tuvieran algo importante para decirle. Marcelo Sotomayor tiene 59 años, está a meses de jubilarse y lleva exactamente tres décadas y un puñado de meses ejerciendo la pediatría en este hospital, al que llegó en 1995, cuando las paredes todavía no tenían ni un cartel puesto y el equipo médico se peleaba con las llaves de luz antes de recibir al primer paciente. "Acá arrancamos con todo nuevo", me dice, mientras caminamos hacia el consultorio donde durante años vio pasar a miles de chicos de la zona oeste de la capital neuquina. Le pregunto qué lo trajo hasta acá y me responde con una frase que le sale sola: "Yo nací prematuro, con un kilo cien, así que siempre sentí que la pediatría era algo que me debía".

Lo que no cambió en 31 años de consultorio

Antes de seguir, me abre la puerta de su oficina y me hace pasar. Hay un escritorio con pedidos apilados, un estetoscopio colgando de un perchero y una foto del primer equipo del Heller, todos jóvenes, todos de overol verde. Marcelo se sienta, se acomoda los anteojos y empieza a contarme lo que siempre repite en cada consulta, lo que sigue vigente después de tres décadas de oficio. Habla despacio, como quien dicta una clase que ya se sabe de memoria, y sin embargo se le nota la convicción. La primera recomendación que menciona es la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, una indicación que él aprendió en la residencia del Hospital Castro Rendón y que sigue dando vuelta por las guardias del mundo. La segunda tiene que ver con los accidentes domésticos, sobre todo quemaduras y caídas, que siguen siendo motivo de consulta frecuente en niños chiquitos. "Eso no cambió", asegura, "las mamás se confían y los chicos se lastiman".

“La lactancia materna exclusiva hasta los seis meses sigue siendo una de las principales recomendaciones, y los accidentes en la casa, sobre todo quemaduras y caídas, siguen llenando las guardias.”Marcelo Sotomayor

Las pantallas, el tema que se coló en la consulta

Le pregunto por las pantallas, porque sé que es uno de los temas que más debate trae a los consultorios y quiero ver qué piensa un pediatra con 31 años de calle. Marcelo se acomoda en la silla y levanta el índice como quien marca un punto en el pizarrón: antes de los cuatro años, los dispositivos directamente no deberían usarse. Después de esa edad, supervisión y tiempos acotados. No hay mucho margen para la negociación, dice, y se nota que lo dice pensando en los padres y madres que llegan a la consulta agotados, con el celular como niñera. "Hay que establecer tiempos limitados", repite, casi como un mantra que les repite a las familias que lo escuchan al otro lado del escritorio. Para él, el problema no es la tecnología en sí, sino el modo en que se usa y, sobre todo, el lugar que termina ocupando en la vida de los más chicos.

  • Lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, sin reemplazos ni complementos.
  • Cuidar los accidentes domésticos, en especial quemaduras y caídas en los más pequeños.
  • Evitar las pantallas hasta los cuatro años y, después, fijar tiempos muy acotados con supervisión adulta.
  • Prestar atención a la alimentación desde el primer año para prevenir obesidad, el problema que más creció.
  • Acompañar a los chicos en la etapa escolar y adolescente, donde aparecen los consumos problemáticos.

De la desnutrición a la obesidad: lo que cambió afuera y adentro del hospital

Antes de despedirnos, le pido que me cuente qué cosas vio cambiar en estos 31 años, porque algo tiene que haber cambiado si la pediatría ya no es la misma de cuando él arrancó. Marcelo se queda pensando un segundo y me dice que cuando empezó a atender en Neuquén, la desnutrición era una de las grandes preocupaciones de cualquier servicio pediátrico. Hoy, en cambio, el problema que más crece es el opuesto: la obesidad infantil, alimentada por malos hábitos de alimentación y por el sedentarismo que trajo aparejada la vida de pantallas. A eso le suma una preocupación que en su época era marginal y hoy es parte de la consulta diaria: el consumo de sustancias en chicos cada vez más chicos y en adolescentes que antes parecían demasiado grandes para caer en eso. "Nosotros veíamos otra realidad", reflexiona, "y ahora vemos otra, pero la pediatría sigue siendo la misma: estar atentos, escuchar a las familias, no apurar diagnósticos". Le pregunto si eso le quita el sueño y me dice que sí, que por eso sigue viniendo al hospital aunque ya tendría que estar jubilado desde julio pasado.

El primer bebé del Heller y la decisión de estirar la despedida

Lo acompaño hasta la puerta del servicio y me quedo mirando el pasillo por donde circulan las mamás con los cochecitos, las enfermeras con las planillas y los residentes que él mismo formó en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue, donde da clases. Muchos de esos exalumnos hoy son sus colegas en el mismo piso. Marcelo me cuenta, con una mezcla de orgullo y melancolía, que fue parte del equipo que atendió al primer bebé nacido en el Heller, allá por 1995, cuando todavía faltaban enchufes en algunas salas y había que improvisar más de lo que cualquiera quisiera. Por eso le cuesta imaginarse la vida afuera del hospital, aunque la jubilación ya esté postergada recién para enero, por decisión propia, porque no se veía yéndose en pleno invierno. Fuera de las guardias y las clases, dice, encuentra aire en el jazz y en el montañismo, dos pasiones que le sirven para compensar el ritmo del consultorio. "La actividad al aire libre compensa", me resume, mientras se acomoda el ambo y se prepara para volver a su sillón. Antes de que me vaya, me mira como al principio, con esa mirada de médico viejo que sabe que todavía tiene algo importante para decir: "Mientras pueda, voy a seguir acá".

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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