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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Teresita, la profesora de Biología que cosechó su propio bosque de almendras después del cáncer

A los 62 años, una docente jubilada de Plottier transformó un lote cubierto de malezas en Almendras del Limay, un emprendimiento artesanal donde el trabajo entre los almendros la ayudó a sobrellevar un tumor durante la pandemia.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 3 min
Teresita, la profesora de Biología que cosechó su propio bosque de almendras después del cáncer

Son pasadas las diez de la mañana en el barrio Piscicultura de Plottier y Teresita Peláez, de 62 años, ya recorrió varias veces su hectárea a orillas del río Limay. Camina entre filas de almendros con la misma parsimonia con la que durante décadas explicó Biología en el aula, y se detiene un momento a observar cómo van madurando los frutos. Acá, a metros del agua, todo empezó hace casi veinte años con un terreno lleno de yuyos y una casa por construir.

Cuenta Teresita que la pregunta por el resto del lote quedó dando vueltas hasta que un agujero en el alambrado la obligó a tomar una decisión. Dejar la tierra sin trabajar significaba volver a las malezas; dedicarla solo al césped le parecía un disparate. Entonces se acordó de un almendro que había plantado unos años antes en otro rincón y se preguntó por qué no animarse a más. En 2013, justo donde se había roto el alambrado, plantó los primeros árboles. Dos años más tarde, completó un segundo cuadro.

Para entonces la orientó la ingeniera Silvana Moschini, del Centro PyME de la zona. “Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara”, resume Teresita sobre aquella primera charla que terminó de empujarla. El proyecto arrancó como un pasatiempo caro, en sus propias palabras, mientras ella seguía dando clases. Una ventaja que pesó desde el principio es que las almendras no necesitan venderse al instante después de la cosecha, lo que le permitió acomodar los tiempos sin que el hobby se volviera una carga.

Un campo chico que se hizo de a poco

Con los años el pasatiempo se transformó en Almendras del Limay, un emprendimiento chico y muy de andar por casa. Teresita ofrece almendras naturales, tostadas, saladas, garrapiñadas y harina de almendras. Ella misma hace la poda, la fertilización, la cosecha y el empaquetado. De manera permanente la acompaña José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. “Es muy artesanal”, describe sobre el modo de trabajo.

  • Almendras naturales, recién salidas de la cáscara, sin agregado de sal ni de aceite.
  • Almendras tostadas, que se comercializan también en su versión salada para picar entre horas.
  • Almendras garrapiñadas, recubiertas con caramelo, un clásico que nunca falta en la mesa familiar.
  • Harina de almendras, pensada para repostería y preparaciones sin gluten, que se muele en el mismo establecimiento.
  • Productos de apicultura, una huerta con plantas aromáticas y, desde la pandemia, un invernadero propio donde trabaja a diario.

El campo fue abriendo caminos que ella no imaginaba cuando plantó los primeros almendros. Los árboles convocaron colmenas, las colmenas trajeron miel, y a la par crecieron aromáticas y la huerta. Cuando llegó la pandemia, Teresita levantó un invernadero en el mismo predio. Fue en esa época cuando recibió el diagnóstico de cáncer y empezó un tratamiento que, según cuenta, se volvió más llevadero entre las tareas cotidianas del invernadero, podar, regar, cosechar. “No sabía si lo iba a lograr, pero iba al invernadero igual”, dice hoy, ya con la enfermedad superada.

Una jubilación a la que todavía le falta mucho por dar

Teresita se ríe cuando le recuerdan que empezó como profesora de Biología. Asegura que la enseñanza y la chacra se parecen más de lo que parece: las dos piden paciencia, observación y volver una y otra vez sobre lo mismo. Mientras acomoda una bandeja de almendras recién tostadas, repite que el proyecto le cambió la jubilación y, sobre todo, la ayudó a atravesar la enfermedad sin soltar la rutina. Acá, en Plottier, a orillas del Limay, una mujer de 62 años aprendió que un lote con yuyos podía terminar siendo un pequeño bosque de almendras, y que ese bosque, a su manera, la sostuvo cuando más lo necesitaba.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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