Un patrón del norte de Europa que puede empezar a traducirse en la mesa de casa
Una investigación danesa-sueca siguió durante casi dos décadas y medio a más de 64.000 personas y asoció la llamada dieta nórdica con una mortalidad apenas más baja. Las especialistas aclaran que las cifras no prueban causalidad y subrayan qué alimentos locales pueden emular la propuesta.
Son las siete y pico de la tarde en un barrio cualquiera de Buenos Aires y, mientras se corta la cebolla para el guiso, una vecina deja la radio encendida en la mesa de la cocina. La nota habla de centeno, de coles, de bayas que acá apenas conocemos por los freezer del super. Del otro lado del mundo, un estudio volvió a poner en el centro de la escena a la dieta nórdica, esa manera de comer que las universidades europeas asocian con algo de mejor calidad de vida y, ahora también, con una mortalidad apenas más baja en adultos suecos.
Lo concreto lo cuenta en pocas líneas una de las investigadoras que tomó el guante del trabajo. Y a la vez, como me pasó escuchando la radio y como le pasa a cualquiera, todavía queda flotando una pregunta que parece simple y no lo es: qué diferencia hay entre seguir esa dieta e imaginarse que uno la sigue.
Qué dice el estudio y por qué importa en la Argentina
La investigación estuvo encabezada por equipos de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, y de la Universidad de Upsala, en Suecia, y trabajó sobre datos de 64.406 adultos suecos relevados entre 1997 y 2019. No se trató de un ensayo clínico en el que a un grupo se le daba una dieta y a otro otra: los participantes ya formaban parte de cohortes que los venían siguiendo, y los autores usaron un método estadístico llamado g-estimation, que compara escenarios hipotéticos a lo largo de 24 años.
- En el escenario de máxima adhesión a la dieta nórdica saludable, el riesgo estimado de morir por cualquier causa fue un 4 % menor que en las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023.
- Frente al escenario sin intervención alimentaria específica, esa diferencia estimada trepó al 6 %.
- En ambos casos se trata de estimaciones estadísticas: el estudio no probó que esa alimentación prolongue la vida.
- El objetivo principal era observar complicaciones hepáticas graves, y allí no apareció una reducción clara.
En criollo y sin volverlo un titular catástrofe: la diferencia es estadísticamente perceptible, pero modesta, y depende de supuestos que la propia comunidad científica recuerda cada vez que sale un estudio de este tipo. Que sea apenas del 4 % o del 6 % no es ni mucho ni poco si lo miramos a escala de una población entera: en cifras absolutas podría implicar algunas vidas más por cada 10.000 personas a lo largo de dos décadas, aunque las autoras evitan precisarlo porque su diseño no autoriza esa traducción directa.
Qué se come, en verdad, cuando se come nórdico
El nombre suena a otra galaxia culinaria, pero los alimentos que le dan forma tienen parientes casi exactos en cualquier verdulería de barrio. La propuesta pone en el centro a los vegetales y a los cereales integrales, le hace un lugar al pescado, a las legumbres y a los frutos secos, y deja afuera o en segundo plano a las carnes procesadas, a los ultraprocesados y a las fuentes de grasas saturadas como la manteca o la bollería industrial.
- Cereales integrales: avena, pan integral, centeno o variantes locales de trigo o cebada.
- Legumbres y verduras como base de los platos principales.
- Frutas de estación: manzanas, peras, bayas y sus equivalentes locales.
- Pescado cuando resulta accesible, en especial variedades con más grasa.
- Frutos secos en cantidades moderadas y aceite de canola o similares.
- Menos carnes procesadas, menos ultraprocesados, menos azúcar agregado.
Lo importante, coinciden lectoras y lectoras que se interesan por estas cosas, es que la dieta nórdica admite adaptaciones con productos locales y de estación. Marta tiene 52 años, vive en Lanús y me decía la otra tarde, mientras pelaba una remolacha, que ella ya viene reemplazando el pan blanco por el integral y sumando lentejas dos veces por semana. Lo suyo, sin proponérselo de manera academicista, se parece bastante a lo que el estudio llama "adhesión". Y eso es clave: la pauta no exige comer exactamente igual que en Estocolmo.
Por qué las cifras hay que leerlas con cuidado
Cuando un trabajo arroja una diferencia del 4 % o del 6 % suena a poco, y la tentación es descartarlo. Pero en mortalidad poblacional un número así no es trivial si se sostiene en el tiempo y en condiciones reales. Lo que el estudio no puede hacer, y conviene repetir, es asegurar que sea la dieta la que baje la mortalidad: podría haber factores no medidos (acceso a la salud, hábitos de sueño, nivel de ingresos, historia clínica previa) que acompañen a las personas que comen de esta manera y expliquen parte de la diferencia.
Marta, de Lanús, lo entiende mejor que muchos manuales. Me lo dijo sin rodeos, mientras cebaba otro mate: "Yo no voy a ir a Suecia a comer centeno, pero si reemplazo la factura de la tarde por una manzana y un puñado de nueces, algo haré". Tiene razón, y la investigadora principal del estudio estaría de acuerdo en el fondo: la gracia de mirar patrones alimentarios como el nórdico es tomar lo que sirve, descartar lo que no tenemos y mantener el núcleo vegetal, integral y moderado en grasas saturadas. Ni más ni menos.
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Santa Cruz Informa