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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Por qué algunos amanecen con el sueño intacto en la cabeza y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Una investigación de quince días con 217 adultos encontró que no es cuestión de suerte ni de magia: la edad, la manera en que la mente se distrae durante el día y hasta la textura del sueño de cada noche explican quién recuerda y quién se queda con las manos vacías al despertar.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 3 min
Por qué algunos amanecen con el sueño intacto en la cabeza y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Son las siete y veinte de la mañana y María Eugenia, 52 años, sale de su pieza con los ojos todavía pegados y empieza a contar, antes de prender la cafetera, lo que soñó: un galpón enorme, una amiga del secundario que no ve hace veinte años, una puerta que no se podía abrir. Le brotan los detalles como si los hubiera vivido recién. Su marido, en cambio, se sienta enfrente, se sirve el café y, cuando ella le pregunta qué soñó, levanta las manos: nada, ni una pisca. Ni siquiera la certeza de haber soñado. Esa escena, repetida en miles de casas argentinas, no es un capricho del destino. Un estudio reciente acaba de confirmar que hay razones concretas por las que algunos despiertan con el sueño entero en la cabeza y otros lo pierden antes de abrir los ojos.

Un experimento cotidiano durante quince días

La investigación, publicada en la revista Communications Psychology, le siguió el rastro a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años durante dos semanas. Cada mañana, los participantes tenían que anotar si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo de investigadores fue juntando datos demográficos, psicológicos y del sueño con dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La idea era simple pero ambiciosa: entender por qué hay gente que vive el sueño como si fuera una película y gente que, directamente, no se acuerda de nada.

  • La atención que cada uno le presta a sus propios sueños: quien se interesa más por lo que sueña tiende a recordarlo más.
  • La tendencia a la divagación mental, es decir, esa costumbre de la mente de saltar de un pensamiento a otro en lugar de quedarse quieta en lo que tiene delante.
  • La edad: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para retener ese contenido al despertar.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: si al abrir los ojos entra luz, ruido o cualquier estímulo antes de que el sueño se asiente en la memoria, el recuerdo se evapora.
  • La estructura del sueño de esa noche puntual, con sus etapas más livianas o más profundas.

Soñar y recordar no son la misma cosa

El trabajo también separó dos experiencias que muchas veces se mezclan en la conversación de sobremesa. Una es recordar el contenido concreto: la escena, las acciones, las emociones, los personajes. La otra es lo que los especialistas llaman 'sueño blanco': despertar con la íntima certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni un solo detalle. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar algo que parece obvio pero no lo es: que soñemos y que al otro día nos acordemos son dos procesos separados, que pueden ir juntos o no.

En cuanto a la estructura del descanso, los investigadores vieron que quienes tenían episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo (la etapa N3, la asociada a la recuperación física y cerebral) y mayor presencia de fases más livianas, despertaban con más recuerdos de sus sueños. Las etapas más superficiales parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada. Todo esto fue medido noche por noche, en cada voluntario, durante quince días seguidos.

Lo que el estudio viene a decirnos, en definitiva, es algo que a muchos les va a resonar como un alivio. Acá no hay gente con más suerte ni con cerebros privilegiados. Hay factores que se pueden mirar: cómo dormimos, cómo nos distraemos durante el día, qué edad tenemos y hasta qué tan rápido nos invade el mundo apenas abrimos los ojos. María Eugenia, que esta mañana volvió a recordar su galpón y su puerta imposible, es de las que se quedan un rato largo en la cama antes de que arranque el ruido de la calle. Su marido se levanta de un salto, prende la radio y sale al patio con el teléfono en la mano. Mismo techo, misma noche, mismos sueños probablemente. Distinto amanecer.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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