Espírito Santo, el destino del Sudeste brasileño que se recorre de costa a sierra sin perder identidad
A más de 3.500 kilómetros de Río Gallegos, el estado capixaba ofrece playas de oleaje moderado, una roca que cambia de color con la luz del sol y una cocina de origen humilde que se volvió emblema regional.
En el corazón del Sudeste de Brasil, entre los estados de Río de Janeiro y Bahía, Espírito Santo se presenta como una opción distinta dentro del litoral brasileño: costas de arenas extensas y oleaje moderado, una formación rocosa que muta de tonalidad con el correr de las horas y una mesa donde el pescado se cocina en cazuela de barro sin los condimentos pesados que suelen asociarse a la cocina del norte del país. Para un lector argentino, el punto de partida es claro: hay que tomar un vuelo hasta Río de Janeiro o San Pablo y desde allí conectar con Vitória, la capital, en poco menos de una hora o en algo más de sesenta minutos, respectivamente.
Una vez en tierra firme, el recorrido empieza en el área metropolitana, donde Vitória se complementa con Vila Velha, la ciudad vecina que concentra buena parte de la oferta costera del estado. Sus playas amplias, de arena clara y agua tranquila, no reproducen la masividad de otros puntos del litoral brasileño, lo que permite caminatas extensas por la franja costera sin la saturación habitual de los destinos más visitados. La brisa atlántica y la temperatura templada —con mínimas que rara vez bajan de los dieciocho grados en invierno— configuran un clima amable durante prácticamente todo el calendario.
La sierra que cambia de color
A poco más de cien kilómetros hacia el interior, el paisaje se transforma. Las sierras del estado reciben al visitante con una temperatura más fresca, especialmente entre mayo y septiembre, cuando las mínimas rondan los doce grados y la sensación térmica invita a llevar un abrigo liviano. Allí se levanta Pedra Azul, una formación rocosa granítica de más de mil metros de altura que se vuelve protagonista visual de cualquier recorrida: su superficie varía de verde a azul intenso y de ahí al naranja, según la posición del sol y la humedad del ambiente, un fenómeno óptico que depende de la refracción de la luz sobre la piedra.
El contraste con la costa es notorio. Donde en Vitória el viajero se topa con extensiones horizontales de arena, en la región serrana aparecen pendientes pronunciadas, vegetación de Mata Atlántica en distintos grados de recuperación y un calendario agrícola marcado por los cafetales de altura. Es precisamente en esta franja donde el agroturismo se convirtió en una de las actividades más consolidadas del estado, con haciendas que abren sus puertas para mostrar el proceso del café de especialidad y productores de quesos, embutidos artesanales y palmitos frescos que venden directamente al visitante.
Una cocina con acento propio
La mesa capixaba es, para muchos visitantes, el descubrimiento más fuerte del viaje. La preparación emblemática es la moqueca capixaba, que se distingue de su pariente bahiana por una razón precisa: no lleva aceite de palma ni leche de coco, ingredientes asociados a la versión más difundida en el resto del país.
“Es una preparación ligera y saludable, a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales, cocinada en cazuela de barro.”Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico de Espírito Santo
El plato se sirve tradicionalmente con arroz blanco y pirão, un acompañamiento que también forma parte del repertorio cotidiano de las familias del litoral. En los puertos pesqueros de la región todavía es posible ver llegar las lanchas con la captura del día, lo que convierte a la cocina en una experiencia que va del muelle a la mesa en pocas horas, algo que refuerza el vínculo entre el producto, el productor y el comensal.
Cuándo conviene ir
Para quien viaja desde Río Gallegos, el esfuerzo es considerable pero la recompensa pasa por entender el destino como un bloque. La recomendación de temporada apunta al período que va de abril a septiembre, cuando las temperaturas en la sierra son frescas —con mínimas cercanas a los diez grados y máximas templadas— y las lluvias son menos frecuentes que en el verano austral. En ese marco, la recorrida puede combinar tres o cuatro jornadas de playa en el área metropolitana con otras tantas en la región serrana, siempre con la gastronomía como hilo conductor. Quienes prefieran el calor del agua pueden optar por los meses de enero y febrero, cuando el mar alcanza temperaturas más altas aunque el calendario registra mayor volumen de lluvias en la franja costera.
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