Cuando la mirada se trastoca: experiencias que merecen una consulta médica y no un diagnóstico exprés
Ver lo que otros no ven, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o aferrarse a una creencia que nadie comparte son señales que justifican una evaluación profesional. La clave está en el contexto, no en apresurar conclusiones.
Son las ocho de la tarde en un barrio cualquiera de la ciudad y Mercedes, 58 años, se sienta en la mesa de la cocina con la sensación de que el techo se le viene encima. No es miedo ni una exageración: ella jura que las paredes se angostan, que la heladera se aleja dos metros, que el pasillo se estira como si fuera de goma. Lo cuenta con la misma calma con la que uno comenta que cambió de dentista, y por eso mismo su relato asusta. Porque lo que le pasa no tiene que ver con un mal momento ni con un disgusto familiar: le pasa hace meses, cada vez con más frecuencia, y acá, en esta ciudad donde uno se acostumbra a normalizar todo, todavía no fue a consultar a nadie.
La historia de Mercedes —que no es un caso clínico real sino un ejemplo que abre esta nota— sirve para poner sobre la mesa algo que los especialistas repiten hasta el cansancio: no hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir una evaluación médica. Ver cosas que los demás no ven, notar que los objetos cambiaron de tamaño o sostener con firmeza una creencia que afecta la vida diaria son, cada una a su modo, razones de peso para sentarse frente a un profesional.
Tres experiencias que suelen confundirse
Antes de hablar de enfermedades, conviene ordenar el lenguaje, porque en estos temas una palabra mal puesta puede generar un estrago. Una distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente está ahí: la habitación existe, lo que cambia es cómo la vivimos, como si la sintiéramos más chica o más grande. Una alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca: se ven figuras, se escuchan voces, se sienten presencias que no están. Un delirio es otra cosa: es una creencia fija, inamovible, que se sostiene aunque haya pruebas en contra, como estar convencido de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor o de que uno mismo se transformó en otro ser.
La diferencia no es un capricho de manual. Esa distinción es la que le permite al equipo de salud decidir qué estudios pedir, a qué especialista derivar y, sobre todo, cómo acompañar a quien lo está viviendo. Porque no todas estas experiencias tienen el mismo origen ni la misma gravedad, y mezclarlas en una misma bolsa es el camino más corto para llegar a un diagnóstico errado.
Cuando la vista juega una mala pasada
Acá viene uno de los puntos que más cuesta aceptar: ver imágenes que nadie más ve no significa, por sí solo, que haya una enfermedad psiquiátrica. En el llamado síndrome de Charles Bonnet, personas con una pérdida importante de visión pueden percibir figuras complejas, escenas, incluso personitas, y al mismo tiempo ser perfectamente conscientes de que eso no es real. Reconocer que lo que se ve no está ahí es, justamente, una de las claves para sospechar este cuadro y no otro. La evaluación, en estos casos, contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, cuando la presentación se aleja de lo habitual, también estudios de neuroimagen para descartar otras causas.
Cuando el cuerpo se siente ajeno
También está lo que les pasa a quienes sienten que su cuerpo cambió de tamaño, que los objetos se acercaron o se alejaron, que el tiempo se volvió elástico. Todo eso tiene un nombre clínico —síndrome de Alicia en el País de las Maravillas— y un dato que suele sorprender: una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña es la causa más frecuente en personas adultas, mientras que en menores de 18 años predominan las encefalitis. No es un cuento, no es una exageración y, sobre todo, no es algo que se pueda resolver con un consejo de buen vecino.
Y hay un terreno todavía más delicado, que es el de las creencias sobre uno mismo o sobre los seres queridos. La convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que la pareja, un hijo o un padre fue reemplazado por un impostor no son caprichos ni mentiras: son manifestaciones que requieren atención profesional y que, insistimos, no deben interpretarse como conductas voluntarias. Lo mismo ocurre con los celos delirantes, que nada tienen que ver con las discusiones de pareja que cualquiera pueda tener un martes a la noche.
Lo que hay que descartar antes de cualquier diagnóstico
- Sentir que hay organismos sobre la piel o debajo de ella exige descartar primero una infestación real y otras causas médicas como déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones o consumo de sustancias.
- La evaluación debe ser clínica, completa, y contemplar antecedentes, contexto y otras manifestaciones antes de hablar de un diagnóstico psiquiátrico.
- El tratamiento depende de lo que se encuentre en esa evaluación, y no de la etiqueta que uno le ponga desde afuera.
Volvemos a Mercedes, a su cocina, a su techo que se le viene encima. No sabemos qué tiene y, francamente, no nos corresponde saberlo: eso es tarea de un equipo de salud que la vea, la escuche y la estudie. Lo que sí sabemos es que su caso, como el de miles de personas acá y en cualquier ciudad, no se resuelve con un «no te hagas problema» ni con un «son los nervios». Si algo cambia en la percepción, si el cuerpo se siente distinto, si una creencia se vuelve inamovible y empieza a afectar los vínculos, la consulta médica no es un trámite: es el primer paso para entender qué está pasando y, sobre todo, para dejar de pasarlo en soledad.
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Santa Cruz Informa