Cecilia Garraffo, la científica de Belgrano que le enseña a una máquina a mirar las estrellas
Creció en Buenos Aires, se recibió de Actuario y hoy dirige el Instituto AstroAI en Harvard. De paso por la ciudad, explicó por qué la inteligencia artificial cambió para siempre la búsqueda de vida fuera de la Tierra y por qué, según las cuentas que ella misma hace, lo extraño sería que estuviéramos solos.
Acá, en una sala del ITBA colmada de que se empujan para ver mejor, una mujer de jeans y campera liviana termina de acomodar el cable de la computadora y sonríe como si estuviera en la cocina de su casa. Se llama Cecilia Garraffo, tiene 42 años, nació y se crio en Belgrano, y esta tarde, en lugar de estar sentada en su oficina del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, está contándole a un puñado de estudiantes argentinos algo que a ella le parece de lo más razonable: que no estamos solos en el universo. O, mejor dicho, que estadísticamente sería un verdadero milagro que lo estuviéramos.
La historia de cómo esta chica de barrio llegó a codirigir uno de los laboratorios más observados de la astronomía mundial es, en sí misma, un pequeño tratado sobre los giros que da la vida cuando uno se anima a cambiar. Cecilia se anotó en Actuario en la Universidad Nacional de La Plata porque se le daba bien la matemática y porque, como ella misma reconoce entre risas, en aquel momento no tenía la menor idea de qué quería hacer. Arrastró la carrera hasta tercer año, sin demasiado entusiasmo, hasta que un día le cayó en las manos un libro de Stephen Hawking y la mandó a volar. Poco después vio la película Contacto, basada en la novela de Carl Sagan, y el golpe terminó de cerrarse. Se cambió a Astronomía, se recibió, hizo el doctorado en Física en la UBA y se fue a Estados Unidos a hacer dos posdoctorados, uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial. Ahí entendió que esas dos pasiones, las estrellas y las máquinas que aprenden, podían vivir juntas bajo el mismo techo.
Un premio presidencial y un instituto propio
Ese techo se llama hoy Instituto AstroAI, que Cecilia dirige desde hace un par de años y que funciona como una usina de modelos de inteligencia artificial diseñados a medida para mirar el cosmos. No usan las herramientas comerciales que conoce el público masivo, sino sistemas propios, entrenados con el objetivo específico de revolver montañas de datos astronómicos en busca de patrones que un humano jamás podría detectar. A mediados de este año, el gobierno de Estados Unidos le entregó el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que ese país otorga a profesionales en los primeros tramos de su carrera. Ella lo cuenta con la misma calma con la que describe cualquier trámite en una ventanilla: como si todavía no terminara de caer.
“Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí. Eso es lo que cambia con la inteligencia artificial: ya no hace falta saber qué estamos buscando para encontrarlo.”Cecilia Garraffo
Para dimensionar el salto, Garraffo pone un número sobre la mesa. El Observatorio Vera Rubin, ese gigante que funciona en Chile y que empezó a operar formalmente en estos últimos años, produce en una sola noche de observación la misma cantidad de datos que toda la astronomía había acumulado a lo largo de su historia. Miles de terabytes de imágenes y mediciones del cielo sureño que llegan cada madrugada a los servidores de distintos países. Sin inteligencia artificial, procesarlos sería una tarea sencillamente imposible. Con ella, se vuelven una ventana abierta.
Vida, en el sentido más amplio de la palabra
Cuando le pregunto si de verdad cree que hay vida en otros lugares del universo, Cecilia se acomoda en la silla y contesta con la franqueza que la caracterizó durante toda la charla. Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos. La aclaración es importante, y ella la hace de entrada: cuando habla de vida no piensa en marcianitos verdes ni en civilizaciones capaces demandarnos señales. Habla de cualquier cosa, desde una bacteria hasta un virus, cualquier forma de vida que haya encontrado, en algún rincón perdido de la galaxia, las condiciones mínimas para existir. Eso, dice, estadísticamente es lo esperable.
Ahora bien, aclara también que eso no significa que vayamos a charlar con nadie. Las distancias que separan a los sistemas planetarios entre sí son tan brutales que, aun si existiera vida inteligente en algún punto de la galaxia, la posibilidad de mantener algún tipo de comunicación es, al menos por ahora, muy baja. Lo que sí se puede hacer, y en eso trabaja su equipo, es buscar señales químicas, lo que los astrónomos llaman biosignaturas, que delaten actividad biológica en la atmósfera de planetas lejanos. Hay varias moléculas candidatas, pero la más mencionada en cualquier conversación de estas características es el oxígeno. Y acá aparece el otro costado del asunto, el costado técnico: medir oxígeno en mundos que están a años luz es, con los instrumentos actuales, una tarea extraordinariamente difícil.
- Garraffo nació en Belgrano y se formó como Actuario en la UNLP antes de cambiarse a Astronomía.
- Dirige el Instituto AstroAI, dentro del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian.
- Recibió en 2025 el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros de Estados Unidos.
- Su equipo desarrolla modelos propios de inteligencia artificial, sin usar herramientas comerciales.
- Asegura que lo más razonable, estadísticamente, es que exista vida en otros puntos del universo, aunque sea microscópica.
Cuando la charla termina y la gente empieza a guardar las notebooks, me quedo un rato mirándola mientras firma autógrafos y se saca fotos con los estudiantes que se acercan tímidamente. Hay algo de esa chica de Belgrano que sigue ahí, la que se anotaba en una carrera sin tener demasiada idea de qué quería, la que un día se topó con un libro de Hawking y entendió que las preguntas más grandes eran las que valían la pena. Cecilia Garraffo se ríe de algo que le dice un chico de la primera fila, se acomoda el pelo detrás de la oreja y, por un instante, parece una vecina más contándonos un secreto en la puerta del colegio. Después se vuelve a subir al escenario, porque todavía le queda una pregunta por responder, y porque, en el fondo, eso es lo que hace desde hace años: no dejar que las preguntas más grandes de la humanidad se queden flotando en el aire.
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