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VIE, 16 OCT 2026
Turismo

A la huella del puma en la estepa blanca: tres días de rastreo desde Perito Moreno

La ciudad santacruceña se transformó en base de safaris de fauna para observar al felino más grande de la Patagonia. La nieve como aliada, las señales que leen los guías y un paisaje donde la escala humana se vuelve insignificante.

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Florencia VidalTurismo y ambiente · · lectura 4 min
A la huella del puma en la estepa blanca: tres días de rastreo desde Perito Moreno

A unos seiscientos veinte kilómetros al noroeste de Río Gallegos, en el cruce de la ruta nacional 40 y la ruta provincial 43, la ciudad de Perito Moreno se ofrece como punto de partida para una de las experiencias de fauna más singulares del sur argentino: el safari de pumas en la estepa santacruceña. El poblado, cabecera del departamento Lago Buenos Aires, oficia de base logística para excursiones de tres jornadas que se internan en el paisaje patagónico con un objetivo claro, aunque jamás asegurado: encontrar al depredador tope de la región y observarlo en su ambiente.

El invierno como escenario y como herramienta

Las salidas arrancan antes del amanecer, cuando el termómetro marca varios grados bajo cero y la estepa todavía duerme bajo un manto blanco que en ciertos sectores llega a las rodillas. El contraste es paradojal: el mismo clima que vuelve la travesía exigente —nieve profunda, hielo sobre el asfalto, viento que corta la cara— es el que mejor conviene al rastreo, porque las huellas del felino quedan impresas con una nitidez que en otras estaciones sería impensable. Los guías locales describen la pisada como redondeada, con una almohadilla en forma de pentágono y, dato clave para no confundirla con la de un perro, sin marcas de uñas, ya que el puma las retrae al desplazarse. La pata delantera deja una huella más grande que la trasera, un detalle que se vuelve útil cuando la luz es escasa y hay que decidir rápido.

Cuatro señales para leer el territorio

  • La agitación de guanacos y choiques, que se desplazan nerviosos o emiten vocalizaciones de alerta cuando perciben la presencia del felino.
  • Las huellas en la nieve, que los guías interpretan en conjunto: dirección, tamaño y antigüedad estimada.
  • El vuelo de caranchos o cóndores que convergen sobre un punto, indicio clásico de que abajo hay restos de una presa.
  • Los restos de presas —guanacos o liebres, generalmente— cubiertos parcialmente con tierra o vegetación, la costumbre que tiene el puma de ocultar su comida para volver a ella más tarde.

Cuando alguna de esas pistas aparece, el grupo se detiene y se instala en posiciones elevadas para trabajar con binoculares. Lo que dicen los manuales y lo que se ve en el terreno, sin embargo, suelen correr por carriles distintos: encontrar las señales no equivale a ver al animal, y los guías lo saben. Por eso el safari se vende como un safari de rastreo y no como un avistaje garantizado: la experiencia es el proceso, no el resultado.

Un felino que no ruge y salta cinco metros

El puma adulto macho pesa entre 55 y 80 kilogramos; la hembra, entre 30 y 60. A diferencia de los grandes felinos del planeta, no ruge: se comunica a través de ronroneos, gruñidos y silbidos que atraviesan la quietud de la estepa. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y superar los diez en horizontal, cifras que cobran sentido cuando uno imagina al animal moviéndose entre cañadones y quebradas. Sus hábitos son principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, y en la Patagonia su dieta se compone sobre todo de guanacos, choiques y liebres. Como depredador tope, cumple un rol central en la regulación de las poblaciones de herbívoros y, por extensión, en el equilibrio del ecosistema que el viajero está cruzando.

La fauna acompañante no es un premio menor. En el recorrido por la estepa y las zonas aledañas al Parque Patagonia Argentina aparecen guanacos, zorros colorado y gris, piche patagónico y zorrino, mientras que en el cielo se cruzan cóndores andinos, choiques y, según la temporada, flamencos. El área, según registros citados por los operadores, suma más de 120 especies de aves, un número que ilustra por qué la búsqueda del puma termina siendo también una inmersión en una de las avifaunas más ricas del continente.

Cuándo ir y qué tener en cuenta

La recomendación de temporada es el invierno austral, entre junio y agosto, cuando la nieve facilita el rastreo y la luz baja del sol patagónico devuelve fotografías con una calidez inusual para un paisaje tan extremo. Perito Moreno funciona además como puerta de entrada a destinos cercanos: el pueblo de Los Antiguos, productor de cerezas y frutillas gracias a su microclima de valle, y el Parque Provincial Cueva de las Manos, hacia el sur. Conviene llegar preparado para el frío riguroso, confiar en los guías locales —que conocen el terreno como pocos— y entender que el verdadero souvenir de la experiencia no es una foto garantizada del puma, sino la sensación de haber aprendido a leer un paisaje que, sin la lupa adecuada, parece vacío y no lo es.

FV
Florencia VidalTurismo y ambiente

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