Una tonelada de acero contra un cuerpo de setenta kilos: la cuenta que muchos conductores olvidan
Una campaña presentada en la Legislatura porteña volvió a poner sobre la mesa la vulnerabilidad del peatón y reclamó al Congreso avanzar con una reforma penal que endurezca las sanciones para los conductores que se fugan, corren picadas o manejan alcoholizados.
Son las diez de la mañana en la puerta de la Legislatura porteña y un grupo de personas despliega un cartel grande con una estrella amarilla en el centro. Acá, en esta vereda ancha de la ciudad de Buenos Aires, donde el tránsito todavía no terminó de armarse, una mujer de voz firme empieza a hablar delante de los reporteros: cuenta que su hijo tenía catorce años cuando lo atropellaron, que el conductor se dio a la fuga y que el chico murió una semana después. La escena que abre esta jornada no es un acto partidario ni un reclamo gremial: es la presentación de una campaña de seguridad vial organizada por la Asociación Internacional de Víctimas de Tránsito, que otra vez vuelve a golpear la puerta del Congreso para pedir una reforma penal que contemple sanciones más duras para los casos más graves.
Yo voy a seguir insistiendo con lo mismo hasta que alguien me escuche, dice Viviam Perrone, referente de Madres del Dolor, mientras acomoda unos folletos sobre la mesa. Perrone es la cara más visible de una lucha que empezó el 1° de mayo de 2002, cuando su hijo Kevin Sedano fue embestido en Vicente López. Desde entonces no paró: impulsó cambios en las leyes, acompañó a familias destruidas por siniestros y construyó, casi desde cero, un movimiento de víctimas que cada vez que puede vuelve a ocupar la calle para recordar lo mismo. Y lo mismo, en este caso, es bastante sencillo de explicar.
Antes de conductores, todos somos peatones
Esa es la frase que repite la campaña y que condensa toda su lógica: antes de sentarse al volante, antes de elegir un auto o de discutir si una esquina tiene semáforo o no, todos caminamos por la calle. El razonamiento es simple pero se olvida rápido: el peatón es el eslabón más débil de la cadena vial, y quien maneja un vehículo carga con la responsabilidad de cuidarlo. Un auto pesa más de mil kilos; un cuerpo humano, entre sesenta y noventa. La diferencia, aclaran los organizadores, convierte a la persona que camina en la parte más expuesta del sistema.
- Reforma penal con agravantes para conductores alcoholizados, participantes de picadas y quienes se fugan después de atropellar a alguien.
- Tratamiento en el Congreso del proyecto que ya cuenta con estado parlamentario.
- Difusión de las estrellas amarillas como memorial y como advertencia en los puntos donde alguien murió en un siniestro vial.
- Campaña de concientización para instalar la idea de que el peatón es prioridad al diseñar cualquier política de tránsito.
“Antes de subirnos a un auto, todos caminamos por la calle. Si lo tuviéramos siempre presente, las decisiones al volante serían otras.”Viviam Perrone, referente de Madres del Dolor
Después de la conferencia, mientras los periodistas guardan sus grabadores, se acerca Marcelo, un vecino de cincuenta y dos años que trabaja en un kiosco de la zona y se quedó escuchando desde la vereda de enfrente. Uno lo ve acá, parado con las manos en los bolsillos, y le pregunta qué le quedó dando vueltas en la cabeza. Y me dice, casi sin pensar, que lo que más le cuesta como peatón son las esquinas sin semáforo: tiene que cruzar mirando para todos lados, tratando de adivinar quién va a frenar y quién va a seguir de largo. Marcelo cuenta que él maneja poco, pero que cada vez que lo hace se acuerda de su vieja, que tiene ochenta años y camina con bastón por la calle. Yo sé que si yo la veo cruzar, freno, dice. El problema es que no todos son yo. Esa frase, que podría firmar cualquier campaña de tránsito, resume el reclamo de fondo: la responsabilidad de quien conduce no termina cuando pisa el acelerador, empieza ahí.
El proyecto de reforma penal que piden las víctimas lleva años dando vueltas en el Congreso. Los puntos centrales son conocidos: más sanciones para el alcohol al volante, agravantes para las picadas y penas más duras para el abandono de víctimas, ese delito que en los expedientes aparece como omisión de auxilio y que para los familiares equivale a dejar a un herido librado a su suerte en la calle. Los organizadores saben que el camino legislativo es lento y por eso insisten con la parte simbólica: las estrellas amarillas, pintadas en cordones y veredas en los puntos donde alguien murió, funcionan como memorial y como advertencia al mismo tiempo. Cada estrella es una historia y una familia que no se fue. Y cada estrella, dicen, debería ser también un recordatorio de que la cuenta mil contra setenta nunca puede terminar bien para el lado de los setenta.
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Santa Cruz Informa