Una noche con viento norte, un cabezazo a tiempo y un Monumental que no se quería ir a dormir
Otamendi apareció justo cuando la cosa se empezaba a empantanar, Messi se despidió entre lágrimas contenidas y bengalas, y Benín se dio el gusto de complicarle la vida al campeón del mundo en su propia casa.
El Monumental amaneció con un viento norte que peleaba con las banderitas de las tribunas, de esos que te revuelven el pelo y te arruinan la gomina, y al final pasó lo de siempre: cuando la noche pedía una épica a la medida de la despedida, apareció la cabeza de Otamendi, un tipo que en la vida cotidiana sería ese amigo que llega tarde a todos los asados pero siempre trae el carbón justo cuando la parrilla se está apagando.
Argentina le ganaba parcialmente 1 a 0 a Benín con gol del marcador central, que conectó de pierna derecha un centro de Messi desde la izquierda, después de un primer tiempo que terminó en blanco y con más dudas que certezas, algo raro en un equipo que suele resolver estas cosas con la camiseta puesta y un poco de soberbia bien administrada.
La primera mitad: un arquero que no estaba invitado a la fiesta
Porque si algo dejó claro el primer tiempo es que el arquero Dandjinou se levantó con el pie izquierdo, o mejor dicho, con los guantes derechos. Le sacó un tiro libre al diez, le ahogó el gol a Julián Álvarez después de una diagonal y una gambeta que mereció mejor destino, y se fue al vestuario como el verdadero MVP de la noche, al menos hasta que la lógica del Monumental se impuso.
Messi tuvo otras: se tiró con la zurda para empujar un centro de De Paul al área chica y no llegó por milímetros, y después cabeceó desviado un envío de Lautaro Martínez bajo la marca de dos centrales que parecían más interesados en abrazarlo que en marcarlo, detalle que al capitán se le notó en la cara cuando terminó la jugada.
Benín, mientras tanto, hizo lo que pocos se animan a hacer en la Argentina: atacar. Emiliano Martínez respondió ante Olaïtan y Ouorou, y Tosin falló una definición que en otra noche termina en gol y en otro dolor de cabeza para el banco local. Los africanos encontraron espacios, y eso ya es un dato para guardar.
La despedida que se hizo esperar diez minutos
A los diez minutos, el árbitro paró la pelota y el Monumental se acordó de que estaba despidiendo a alguien. Ovación cerrada, fuegos artificiales y Messi levantando los brazos, esa postura de tipo que no sabe bien qué hacer con el cuerpo cuando le gritan cosas lindas. El diez había entrado al campo con sus hijos, en medio de luces, bengalas y una camiseta gigante con su número, una puesta en escena que en otra circunstancia sería un exceso, pero que acá sonaba a despedida con todas las letras.
También dijeron presente campeones del mundo de varias generaciones, mencionados por la voz del estadio, y en el entretiempo se sumó Gaspar Benegas con su guitarra, que le puso rock a una noche que andaba necesitando ruido además de fútbol. Con la ventaja parcial y el partido todavía en desarrollo, lo que queda es esto: un Otamendi eficaz, un Messi querido hasta el empacho y un Benín que se va a volver a su país con la frente alta y la sensación de haberle hecho un favor al espectáculo. Veremos cómo sigue, aunque la verdad, con esta despedida, ya ganamos todos.
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