Una caricia a tiempo: cómo el contacto físico calma los nervios y por qué a veces alcanza con estirar la mano
La neurocientífica Paula Salamone repasa qué pasa en el cuerpo cuando alguien nos toma la mano, nos abraza o nos acaricia, y cuenta por qué esos gestos pueden bajar la ansiedad. También explica las diferencias entre el contacto que viene de afuera y el que uno se prodiga a sí mismo, y cómo la cultura marca la distancia entre las personas.
Son las siete de la tarde en un consultorio cualquiera de Buenos Aires y, mientras esperamos que la especialista nos atienda, vemos cómo una nena de unos cuatro años se agarra de la mano de su mamá antes de entrar al médico. Tiene los ojos grandes, la boca medio apretada y la otra mano apretando un juguete. La mamá le acaricia el pelo, le dice algo al oído y la chica respira hondo, como si la sola presencia de esa mano conocida le alcanzara para ordenar lo que siente. Esa escena, tan chica y tan cotidiana, es exactamente el punto del que parte la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone para explicar de qué manera el contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad.
Cuando alguien siente miedo o angustia, darle la mano puede ser una forma de acompañarlo con efectos concretos sobre su estado emocional. Salamone, que investiga cómo se relacionan los estímulos sobre la piel con la actividad cerebral, la médula espinal y las respuestas del resto del organismo, señala que ese intercambio no es una metáfora: recibir una caricia, un abrazo o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas vinculadas con el estrés y la relajación, y por eso señala especialmente el caso de los chicos que toman la mano de un adulto, una situación muy estudiada por su vínculo con la baja del temor.
Cuando uno se toca a sí mismo y cuando lo hace otro
Ahora bien, acá aparece un detalle que a mí, como lector curioso, me pareció de los más interesantes de toda la charla, y tiene que ver con que el cuerpo no registra del mismo modo un gesto que viene de afuera que uno que nos prodigamos a nosotros mismos. Tocarse el cabello, acariciarse la barba o frotarse las manos son ejemplos clásicos de ese autocontacto que, según Salamone, funciona como una manera de regular lo que sentimos. Sin embargo, la respuesta no es igual cuando interviene alguien más: el cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera, y por eso el efecto de la mano de otro puede ser más potente.
“Las cosquillas permiten entender esa diferencia. Al intentar provocárselas, una persona anticipa el lugar, el momento y la forma del contacto. Esa previsión atenúa la sorpresa y la intensidad de la sensación. Cuando el movimiento lo hace otro, queda un componente de incertidumbre.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
La cultura, la distancia y el cuerpo propio
La cercanía corporal también depende de las costumbres de cada pueblo, y Salamone lo cuenta con una imagen que a mí me quedó dando vueltas: durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia resultaba algo habitual, sin que eso significara que los suecos sean más fríos ni más distantes que nosotros. Las diferencias culturales en el espacio personal, señala, no implican emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse, algo que en la Argentina, donde el abrazo y el beso son moneda corriente, se vive de manera bastante diferente.
Además, el contacto tiene un lugar en la percepción del propio cuerpo. Salamone integra acá, en nuestro país, el equipo Tango-i Lab, que estudia justamente su relación con los síntomas de despersonalización, esa sensación tan particular de sentirse afuera de uno mismo. El grupo también investiga si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó efectos posteriores, una pregunta de investigación que todavía está abierta y que, como nos dice la especialista, puede ayudar a entender mejor por qué tantos vecinos y vecinas nuestros, después de aquellos meses tan largos en soledad, sintieron que algo en el cuerpo y en las emociones había cambiado.
- El contacto físico, como tomarse de la mano, abrazarse o recibir una caricia, puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad.
- El cerebro distingue entre el autocontacto y el que viene de otra persona, por lo que el efecto no es el mismo.
- Las cosquillas son un caso testigo: cuando uno se las provoca falta el componente de sorpresa que sí está cuando las hace otro.
- La cultura marca la distancia entre las personas, pero no la cantidad de emoción: en algunos países esa distancia se mide en metros, en la Argentina se mide en centímetros.
- La pandemia dejó preguntas abiertas sobre los efectos de la falta de contacto físico, que hoy son materia de investigación.
Volvemos a la nena del consultorio y a su mamá. Cuando la puerta se abre y la especialista las hace pasar, la chica todavía tiene agarrada la mano grande de su madre, pero la sonrisa ya empezó a asomar. Es una imagen chica, de esas que uno ve todos los días en cualquier ciudad nuestra, y sin embargo condensa mucho de lo que cuenta Salamone: a veces, para calmar los nervios, no hace falta más que una mano conocida del otro lado.
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