Tres hectáreas, dos sueldos y toda una vida por delante: la chacra que una pareja sostiene a fuerza de pulmón en Centenario
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron esperando a sus hijos en la puerta de un colegio, descubrieron que los dos soñaban con volver a la tierra y hoy crían animales y siembran alfalfa en el campo que ella heredó de su padre. Con sus sueldos como única base, trabajan la tierra a la tarde y los fines de semana, y empiezan a levantar lo que quieren dejar como herencia.
Acá, en la calle 9, donde el asfalto parece rendirse y empieza el perfume a pasto recién cortado, Silvana Aiello abre la tranquera y saluda con la misma calma con la que se recibe a un vecino de toda la vida. Son las primeras horas de la tarde y el sol todavía pega fuerte sobre las tres hectáreas que ella heredó de su padre, pero el campo está lleno de movimiento: las gallinas se cruzan por delante de la camioneta, los conejos asoman la cabeza entre las jaulas y una brisa tibia mueve las hojas de alfalfa que Jorge sembró hace apenas unos meses. Es en este lugar, exactamente en este triángulo de tierra que une los municipios de Centenario y Vista Alegre, donde esta pareja decidió hace tres años volver a vivir como habían crecido, y donde hoy pelean, a pulmón y con la plata justa, para que la chacra siga siendo lo que fue durante generaciones: una forma de estar en el mundo.
Un reencuentro que empezó en la puerta de un colegio
Silvana tiene 51 años y Jorge, 54. Se conocieron hace 19, cuando los dos esperaban a sus hijos a la salida del colegio. Bastó una conversación en la vereda para descubrir que los dos venían de familias chacareras, que los dos habían crecido entre acequias, animales y mesas largas, y que los dos guardaban el mismo deseocallado: volver. Durante años no pudieron. La vida urbana, los horarios de trabajo, la crianza, fueron empujando ese sueño hacia un rincón. Pero no lo soltaron. Juntaron materiales con lo que sobraba de los sueldos, compraban bolsas de cemento, hierros y ladrillos cuando aparecía un margen, y fueron levantando de a poco lo que hoy es su casa, parada justo sobre la calle 9, en el límite entre los dos municipios.
Silvana trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica de la zona. Jorge es empleado en el área de educación. Son sus salarios los que hoy bancan la tierra, no al revés, como pasaba cuando el bisabuelo de ella llegó desde Italia con doce años, alrededor de 1920, y empezó a hachar el campo con sus propias manos. Esa diferencia, dicen ellos con una sinceridad que desarma, es la que define a esta generación de chacareros: antes la chacra sostenía a la familia; hoy es la familia la que sostiene a la chacra, con el cuerpo dividido entre la oficina y el corral.
“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés, pero lo hacemos los tres a pulmón.”Silvana Aiello
Lo que crece en estas tres hectáreas
- Alfalfa sembrada para alimentar a los animales y, más adelante, para vender como forraje.
- Gallinas ponedoras, pollos parrilleros y conejos, criados de forma casera y vendidos en la zona.
- Una incubadora artesanal armada por Lucas, el hijo de 17 años, con sus propias manos, como inicio de su propio emprendimiento.
- Un tractor viejo que a veces no arranca, herencia de los años en que el campo se trabajaba a máquina completa.
- Un monte de olivillo y un humedal que la tierra fue formando sola cuando nadie podía trabajarla, en el lugar que alguna vez ocuparon manzanos y perales.
Acá, mientras le alcanza una de las gallinas a su nieta menor, Silvana cuenta que la decisión de volver no fue un capricho, sino una necesidad casi física. Su padre, Ricardo, le dejó las tres hectáreas cuando murió, y la idea de que esa tierra quedara abandonada, como tantas otras en la zona, le resultó insoportable. Junto a Jorge empezaron a mover animales, compraban forraje y gallinas con lo que iban juntando de sus sueldos, y buscaban la manera de que cada peso rindiera un poco más. Lucas, el hijo de 17 años, estudia para técnico mecánico pero ya tiene claro que su futuro pasa por el campo: el año pasado crió seiscientos pollos parrilleros, sumó gallinas y conejos, y armó la incubadora de manera artesanal. Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria y quedarse. Jorge, mientras tanto, tiene en mente plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo, una idea que, si prospera, transformará la pauta actual de la chacra.
Antes de irse, Silvana se detiene en la tranquera y mira hacia el fondo, donde la alfalfa se mezcla con el monte de olivillo. Le pregunto qué es lo que más cuesta de todo esto, y no duda: el tiempo. Pero cuando la veo despedirse con un gesto cansado y a la vez entero, mientras Jorge ya está revisando el agua de los animales, me queda la sensación de que acá, en estas tres hectáreas que unen dos municipios y dos historias, lo que se está construyendo no es solo una casa o un proyecto productivo, sino una herencia trabajada día a día, con las manos y con los sueldos, para que los chicos tengan algo cierto donde volver.
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