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VIE, 16 OCT 2026
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Super Hornio Brothers, la trastienda secreta de una compra que la gran N hizo para borrar del mapa

A comienzos de los noventa, cuando la versión oficial de Super Mario Bros. se caía a pedazos en la taquilla, Nintendo resolvió un movimiento insólito: comprar dos películas pornográficas para que nadie pudiera volver a verlas. Una historia real, casi de novela negra, que durante décadas se sostuvo en la sospecha y en el mito.

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Nicolás BahamondeCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Super Hornio Brothers, la trastienda secreta de una compra que la gran N hizo para borrar del mapa

A veces uno arranca una nota y tiene la sensación de estar pisando un terreno en el que la propia industria del entretenimiento no quería que nadie se metiera. Eso me pasó mientras investigaba esta historia, que tiene todos los condimentos de un relato clandestino: un plató improvisado, dos jornadas de rodaje, un presupuesto de veinte mil dólares y una multinacional japonesa decidiendo, en las sombras, que la mejor manera de cuidar a su mascota más querida era comprar cine para adultos y mandarlo directo al cajón más profundo del escritorio. Hablo, claro, de Super Hornio Brothers y de su secuela, dos parodias pornográficas de Super Mario que, si sos de los que crecieron apretando botones en una consola, probablemente ni sabías que habían existido. Y eso, justamente, fue lo que Nintendo buscó durante años.

Dos días, veinte mil dólares y un plató que daba pena

Corría 1993 y el mundo estaba enloquecido con Mario Bros. El fontanero bigotudo ya era una celebridad global y, como pasa siempre con los personajes que se vuelven fenómenos de masas, alguien vio la oportunidad de hacer plata rápido y sin demasiadas preguntas. Ese alguien fue Buck Adams, director y actor de cine adulto, que juntó a Ron Jeremy y a un grupo de colegas, armó un guion que era apenas una excusa para juntar escenas subidas de tono con la estética del videojuego y rodó todo en un set más bien modesto. La producción entera se hizo, según los testimonios que circularon después, en apenas dos jornadas. El presupuesto, unos veinte mil dólares de la época, una cifra irrisoria para el producto final, que además de su propio metraje terminó siendo tan largo que los productores decidieron cortarlo por la mitad y lanzar dos películas en vez de una.

La película oficial se cae y Nintendo pasa al mostrador de al lado

Lo que no estaba en el guion de Buck Adams era lo que iba a pasar del otro lado de la calle. En el mismo 1993 se estrenó Super Mario Bros., la adaptación oficial que firmaron Rocky Morton y Annabel Jankel con Bob Hoskins y John Leguizamo como protagonistas. La película fue un desastre de la puerta para adentro: la crítica la destrozó, el público la esquivó y la franquicia quedó con la imagen marcada a fuego por ese intento fallido de llevarla al cine en vivo. En ese contexto, las parodias pornográficas eran una complicación extra que Nintendo no estaba dispuesta a tolerar. Así que la empresa hizo algo que, visto desde hoy, parece de manual de contrainteligencia: en lugar de demandar a los productores, directamente les compró los derechos de las dos películas. Sin ruido, sin comunicado de prensa, sin conferencia.

Comprar para archivar: la estrategia del silencio

La operación, según se fue reconstruyendo con el paso de los años, fue tan discreta como definitiva. Nintendo no tenía ningún interés en distribuir ese material ni en sacarle un centavo: el único objetivo era que esas cintas dejaran de circular. La compañía apostó a que la mejor forma de matar un producto es no hablar nunca de él, y la jugada le salió bien durante más de una década. Tanto, que durante años la pregunta que se repetían los curiosos en foros y redacciones era si esas películas habían existido realmente o si eran un mito urbano de internet. La respuesta era sí, existían, pero estaban guardadas bajo siete llaves en algún depósito legal de la gran N.

King Pooper Returns y el regreso del fantasma

Recién en 2009 apareció en la red una copia parcial de la segunda entrega, que se comercializaba como Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns. La película incluía, además, un resumen acelerado de la primera parte, así que durante un rato los más obsesivos pudieron al fin ver de qué se trataba todo aquel revuelo. Ron Jeremy, protagonista de ambas producciones, confirmó después en declaraciones públicas que los derechos pertenecen a Nintendo y que no hay forma legal de relanzarlas, ni en formato físico ni en plataformas digitales. De la primera película, en tanto, no hay noticias firmes: sigue perdida, o mejor dicho, sigue archivada en algún lugar al que muy pocos tienen acceso.

Lo que me queda dando vueltas, después de leer y releer esta historia, es la idea de una multinacional japonesa comprando cine para adultos no para distribuirlo, sino para que nadie pudiera verlo. Es un movimiento que parece salido de una operación de inteligencia más que de un departamento legal, y probablemente por eso se volvió un caso de manual cuando se habla de protección de propiedad intelectual en la industria del entretenimiento. Si me preguntan a mí, te diría que la recomendación para esta nota es bien sencilla: sentate, ponete un café y disfrutá del viaje a una de las zonas más raras del archivo perdido de Nintendo. No hay horario ni entrada: la función ya la dieron ellos, en silencio, hace más de treinta años.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos

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