«Sunny Dancer», la película donde Bella Ramsey aprende a volver a ser adolescente después del cáncer
George Jaques dirige una historia ambientada en un campamento de Escocia, con Ruby Stokes, Daniel Quinn-Toye y Earl Cave. La música de Este Haim y Zachary Dawes y las canciones de Scissor Sisters y Goldfrapp arman la banda sonora de una película que habla de vínculos, miedo y deseo.
«A veces uno cree que la vida se acabó y resulta que lo más difícil es volver a empezar», canta Fito Ponchi Bochi en «Tumbas de la gloria», y la frase le queda como anillo al dedo a Ivy, la protagonista de «Sunny Dancer», la nueva película que George Jaques rodó en un campamento de Escocia y que tiene a Bella Ramsey como estandarte de un elenco joven donde también se lucen Ruby Stokes, Daniel Quinn-Toye y Earl Cave. La historia sigue a una chica de diecisiete años que lleva diez meses en remisión de una leucemia y al que sus padres mandan a un campamento de cuatro semanas pensado para pibes que pasaron por lo mismo, aunque ella llega con la proverbial cara de piedra y sin ganas de hacerse amiga de nadie.
Antes de que arranque el drama, Jaques se toma su tiempo para mostrar el lugar: un predio verde, húmedo, rodeado de colinas, con bungalows de madera, un lago que parece pintado y un salón comedor donde huele a estofado y a leña. Es un escenario que parece sacado de un cuento juvenil europeo, de esos donde los veranos son largos y las noches son una invitación. La cámara se posa ahí como si quisiera que uno respirara el aire del sitio antes de conocer a los personajes, y recién después empuja a Ivy a cruzar la puerta del bungalow que va a compartir con Ella, la chica que interpreta Stokes con una mezcla de timidez y descaro que termina siendo el corazón cómplice del film.
«De madrugada, en el bosque»
Lo que empieza como una convivencia forzada se va transformando en algo más parecido a una amistad de las que se forjan a los quince, cuando todavía no sabés bien quién sos y todo te parece enorme. Ivy empieza a bajarse de la arrogancia, comparte salidas nocturnas al bosque con el resto de los chicos, se cruza con Jake, el personaje de Quinn-Toye, un pibe que tiene ataques de pánico y al que la enfermedad le dejó el cuerpo en estado de alerta permanente, y se topa con Ralph, el de Earl Cave, que tira humor negro como escudo y que es el que mejor lee el manual del sobreviviente que se ríe de su propio destino.
- Ivy, que canaliza el malestar con agresividad y con la sensación constante de que el mundo le debe algo.
- Jake, que vive con ataques de pánico y necesita aprender a pedir ayuda.
- Ralph, que se protege con humor negro y termina siendo el traductor del grupo.
- Ella, que llega al campamento buscando un lugar en el mundo y que, sin querer, se convierte en el ancla emocional de Ivy.
La película, hay que decirlo, no se queda solo en el trance del cáncer. Jaques, que se crio mientras su madre atravesaba un cáncer de mama y que es embajador de Teenage Cancer Trust, fue claro al hablar del proyecto: no la piensa como una película sobre la enfermedad, sino como una historia de adolescentes en la que la enfermedad es una de las capas, no la única. Por eso conviven en el relato las ganas de enamorarse, las discusiones por pavadas, los bailes en el salón del campamento y la búsqueda de un grupo propio, con los miedos a la recaída, la culpa de haber sobrevivido y la dificultad de explicarles a los padres que ya no sos el mismo nene de antes.
En lo formal, la película apuesta por colores cálidos y una fotografía que acaricia la piel, con una banda sonora que mezcla composiciones de Este Haim y Zachary Dawes con clásicos bailables de Scissor Sisters y Goldfrapp, todo para subrayar ese contraste entre la fiesta y la intemperie. Durante el rodaje, además, participaron jóvenes que habían sobrevivido al cáncer y hubo terapeutas disponibles para acompañar al elenco, un detalle que se nota en la pantalla: las escenas más sensibles no parecen actuadas, parecen vividas, y uno se queda con la garganta un poco apretada en más de un momento.
“No es una película sobre el cáncer: la enfermedad atraviesa a los personajes, pero sus deseos y sus relaciones también organizan el relato.”George Jaques
Si te copa el cine que pone la cámara en la edad de los primeros amores, los primeros golpes y las primeras peleas con uno mismo, «Sunny Dancer» es de esas pelis que vale la pena ir a buscar al cine: función recomendada, complejos de salas independientes de la Ciudad de Buenos Aires, entradas que arrancan en los cuatro mil pesos y sesiones que suelen empezar entre las diecinueve y las veintidós horas, ideal para una escapada de noche entre semana o un plan de domingo a la tarde. Llevá un pañuelo, no porque la película sea un golpe bajo, sino porque tiene la mala costumbre de conmover sin pedir permiso.
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