Por qué nos cuesta tanto decir que no: lo que se juega cada vez que callamos
Ansiedad, insomnio, resentimiento acumulado y hasta dolores que nadie sabe explicar: las huellas concretas de no saber poner límites. Y del otro lado, el que no tolera que le digan que no. Una psicólogo explica desde cuándo se aprende y por qué se puede desaprender.
Acá, en la consulta, María tiene 52 años y se sienta como si pidiera permiso. Viene por unos dolores en el cuello que la vienen acosando hace meses, se hizo todos los estudios y no le encontraron nada. Recién cuando le pregunto cómo está durmiendo, se quiebra y me dice que no puede más, que siente que carga con todo en la casa, en el trabajo, con los vecinos, con los hijos. Hace de cuenta que le va bien. Pero no le va bien. Y cuando le pregunto si alguna vez dice que no, me mira como si le hubiera hecho una pregunta en otro idioma.
María no está sola. Lejos de eso. Lo que le pasa tiene nombre, tiene historia y, lo más importante, tiene solución. Vamos por partes, porque entender por qué nos cuesta tanto decir que no es el primer paso para empezar a cambiarlo.
Todo empieza en la cuna, mucho antes de lo que uno cree
Lejos de cualquier slogan new age, lo que llamamos "límite" empieza a construirse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé todavía no sabe que es un ser separado del mundo. Necesita que alguien lo ponga porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga, y esto conviene tenerlo presente. La mamá o el papá que no aparece el instante justo, el no firme ante una situación peligrosa, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como una frustración, es lo que le permite al chico empezar a distinguir entre lo que quiere y lo que puede, entre él y los demás. Parece contradictorio, pero el límite no es lo contrario del amor. Es una de sus formas más cuidadosas, porque es lo que le enseña al otro que existe y que importa.
Cuando eso no se completa: los dos patrones que más vemos
- El que no puede decir que no: suele haber aprendido, temprano, que su propio deseo molesta o que poner un freno pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos no son abstractos: ansiedad, un resentimiento que se va acumulando capa tras capa y un cansancio que ningún fin de semana resuelve porque no es físico, es psíquico. Con el tiempo, el cuerpo termina poniendo los límites que la persona no puso. Dolores sin causa clara, insomnio, contracturas, colon irritable, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- El que no tolera que le digan que no: cualquier límite ajeno se vive como una ofensa personal o como un desafío a ganar. Puede parecer fortaleza, hasta carácter, pero en el fondo responde a una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, las laborales, las de pareja, las familiares, se terminan organizando alrededor de su voluntad. Y a la larga, eso las va vaciando, porque los demás se cansan, se alejan o se someten sin ganas.
Entre esos dos extremos, que son los más frecuentes y los más extremos, hay un punto medio al que vale la pena aspirar: la capacidad de decir que no sin sentir culpa y de escuchar un no ajeno sin tomárselo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real y conviene no minimizarlo. Implica muchas veces arriesgar un vínculo con alguien de quien uno depende, sea en lo afectivo o en lo económico. Pero ese costo suele ser bastante más bajo que el que se paga por seguir callando o por seguir avasallando.
La buena noticia es que esto no es para siempre
Y acá viene lo que más me importa decir, sobre todo a los lectores de entre 40 y 60 años, que son los que más llegan a la consulta con esta temática ya instalada en la vida cotidiana. Esto no es un rasgo de carácter fijo, no es algo con lo que se nace ni algo que se haya decidido conscientemente. Se construyó en un momento, cuando las cosas no salieron del todo bien, y se puede revisar. Un tratamiento bien llevado, con un profesional con el que uno se sienta contenido, ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se está traicionando al otro o que se lo está perdiendo. No es magia. Es trabajo. Pero se hace.
Vuelvo a María, antes de cerrar. La semana pasada me dijo, casi en un susurro, que le dijo que no a su hija cuando le pidió plata prestada por tercera vez en el mes. Me dijo que la pasó mal, que durmió mal, que estuvo a punto de arrepentirse. Y que al otro día el cuello le dolió menos. No porque el dolor fuera un invento, al contrario: tenía toda la lógica del mundo. Sino porque por primera vez en mucho tiempo, el cuerpo no tuvo que poner por ella el límite que ella estaba empezando a aprender a poner con palabras. Eso es, en buena medida, lo que viene a buscar quien arranca un tratamiento con estas ganas: dejar de cargar solo, dejar de enfermarse a fuerza de callar, y empezar a habitar la propia vida sin pedir permiso.
Nosotros, acá en la ciudad, solemos ser bastante generosos con los demás y bastante duros con nosotros mismos. Si algo de lo que se cuenta en esta nota le hizo ruido, si mientras leía se le apareció la cara de alguien o, peor aún, la cara propia, vale la pena no dejarlo pasar. Decir que no no es romper nada. Es, muchas veces, empezar a cuidar algo que llevaba años sin cuidado.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Santa Cruz Informa