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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Pergolini, Rolón y el sillón de los reclamos: el día que Otro día perdido funcionó como diván colectivo

El psicoanalista visitó el programa y la charla arrancó con quién se sienta dónde, siguió con besos que no llegan, follows que se caen y nombres que se confunden, y terminó con Mario Pergolini ordenando retomar la entrevista en serio.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Pergolini, Rolón y el sillón de los reclamos: el día que Otro día perdido funcionó como diván colectivo

Para mí, la mejor forma de entender un programa de televisión es prestar atención al lugar donde se sienta la gente, porque ahí, antes de que abra la boca nadie, ya se dijeron todas las verdades que importan. Y Otro día perdido lo confirmó una vez más cuando recibió a Gabriel Rolón, porque lo que en el papel iba a ser una entrevista terminó derivando, casi sin querer, en una suerte de terapia grupal con chistes incluidos, en la que los propios los protagonistas se animaron a poner sobre la mesa, en presencia del psicoanalista, los pequeños roces que conviven en el día a día del equipo.

El sillón del medio y el primer cortocircuito

La escena arrancó con una decisión menor pero cargada de significado: Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada, le propuso a Rolón sentarse justo en el medio, entre él y Evelyn Botto. La distribución no pasó desapercibida para Mario Pergolini, conductor de la nave, que enseguida preguntó por qué el invitado quedaba tan cómodo y él, en cambio, terminaba corrido del centro de la escena. Lo que parecía una humorada sobre la geografía del living fue, en realidad, la puerta de entrada a todo lo que vino después, porque habilitó que cada uno empezara a pasarle factura al otro, en tono de broma pero con fondo muy real.

Evelyn Botto fue la primera en tomar la palabra y eligió un tema que a muchos les suena familiar: el lugar de la persona nueva en un grupo que ya tiene códigos propios. Después de un año compartiendo programa, la locutora preguntó cuánto tiempo más iban a seguir tratándola como la recién llegada y contó que, en más de una ocasión, Pergolini la llama Layla, como si el nombre verdadero no terminara de quedar registrado. Mario, lejos de hacerse cargo, contestó con una confesión que desarmó cualquier intento de queja formal: dijo que, simplemente, tiene dificultades para recordar nombres. La explicación fue tan honesta como inútil, porque Evelyn la rechazó de plano y la dejó flotando en el aire, a la espera de un próximo descuido.

“Las personas tienen distintas maneras de relacionarse y de expresar afecto, no todas necesitan el mismo gesto.”Gabriel Rolón

Los besos que no llegan y los follows que se pierden

En el medio de ese intercambio, Botto agregó otro dato de color que funciona como radiografía de cualquier convivencia laboral: contó que su conductor no acostumbra saludarla con un beso, y que ese detalle, aunque parezca menor, a veces pesa. Rolón, fiel a su estilo, salió a morigerar el reclamo con una observación clínica: cada uno tiene su manera de vincularse y de demostrar afecto, y no todos necesitan el mismo gesto para confirmar que el otro le importa. Pero como buen psicoanalista, no se quedó solo en la teoría y agregó un dato que cambió la conversación, al señalar que Soy Rada, encima, tampoco suele dar besos al saludar, lo que dejó al humorista sin excusas y a Evelyn con un nuevo cómplice de queja.

El propio Aristarán, mientras tanto, eligió otro flanco para atacar y se quejó de algo muy del siglo veintiuno: Mario Pergolini había dejado de seguirlo en Instagram y, peor aún, se lo había anunciado en persona, mirándolo a los ojos, como si fuera un parte médico. Para el humorista, que el conductor figurara entre sus seguidores no era un dato menor, sino una cuestión casi simbólica: le servía como carta de presentación frente a otros, como una manera de decir sin palabras que trabaja con alguien que vale la pena mirar. Pergolini, lejos de arrepentirse, justificó la decisión con una sinceridad bastante crud, al explicar que las publicaciones frecuentes de su compañero le resultaban aburridas y que, por eso, había preferido cortar el vínculo digital. La respuesta dejó a Rada sin respuesta inmediata, aunque rápidamente salió a contraatacar con una pregunta lógica: si le molestaba el ruido, bien podía silenciar la cuenta y ahorrar el disgusto. Rolón, mientras tanto, intervino con preguntas y observaciones que encendieron el debate, al remarcar que dejar de seguir a alguien, en los tiempos que corren, también puede leerse como un mensaje sobre el vínculo entre dos personas.

¿Es terapia o es trabajo en equipo?

Más adelante, con el clima ya instalado, Pergolini quiso pasar al modo analista y le preguntó a Rolón si una terapia grupal busca, de verdad, que todos se lleven bien. El psicoanalista le respondió que el objetivo depende de cada grupo y de cada situación, y, antes de explayarse, le devolvió una pregunta que desinfló un poco el voluntarismo del conductor, al consultarle si se trataba de compañeros que tenían que seguir trabajando juntos. La respuesta fue tan obvia como reveladora: sí, porque Otro día perdido es un programa en vivo que se sostiene, justamente, en la química entre quienes lo habitan, y esa química, por suerte, se construye también con roces, reclamos en broma y verdades dichas con una sonrisa.

Para mí, lo mejor del paso de Gabriel Rolón por Otro día perdido no estuvo en sus diagnósticos clínicos, sino en el espacio que habilitó para que Evelyn, Rada y Mario se dijeran, en clave de humor, cosas que probablemente nunca se animarían a plantear fuera de cámara. El capítulo se puede ver en la plataforma de streaming de Canal 13, de lunes a viernes a las 21, con acceso gratuito para suscriptores, y vale la pena dedicarle una tarde, porque deja una enseñanza muy humana: en cualquier grupo de trabajo, el afecto y el fastidio conviven todo el tiempo, y un buen diván, aunque sea colectivo, ayuda a ponerlo en palabras sin que la cosa pase a mayores.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos

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