Microplásticos en el microondas: por qué los toxicólogos piden pasar la comida a un recipiente de vidrio o cerámica
Wells Brambl y Serah Oyewole explican que el calor puede liberar fragmentos y aditivos del plástico hacia los alimentos. Las asociaciones con procesos inflamatorios están documentadas, pero la relación causal todavía no está probada.
Son las siete de la tarde y María, 52 años, apaga la hornalla, lleva el puchero a la mesa y antes de guardar la olla en la heladera se sirve una porción en un recipiente de vidrio. El gesto parece menor, casi doméstico, y sin embargo resume una recomendación que en las últimas semanas ganó espacio en las cocinas de quienes se preguntan qué ocurre cuando la comida vuelve a pasar por el microondas dentro de un envase plástico. Acá, en las casas donde el recalentado es casi un rito de la tarde, el tema empezó a instalarse en conversaciones de WhatsApp y en consultas en la farmacia.
La pregunta no es nueva, pero la respuesta de los toxicólogos consultados por distintos medios norteamericanos es bastante concreta: antes de volver a meter la comida en el microondas conviene pasarla a un recipiente de vidrio o de cerámica. Esa mudanza, pequeña en la rutina pero grande en sus consecuencias, apunta a reducir el contacto con partículas que pueden desprenderse del plástico cuando se lo somete a calor.
Qué dicen los especialistas
Wells Brambl, médico especialista en emergencias del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health, es uno de los que empujan ese cambio con más insistencia. En diálogo con distintos medios planteó que la medida más simple para bajar la exposición a microplásticos es, justamente, evitar recalentar la comida en el envase de plástico y volcarla en un recipiente apto para microondas pero de vidrio o cerámica.
“La medida más simple es evitar calentar la comida en plástico y pasarla a un recipiente de vidrio o cerámica. Si no hay otra opción, hay que bajar la potencia del microondas al mínimo necesario para templar los alimentos, no para cocinarlos.”Wells Brambl, toxicólogo del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health
Su colega Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist, fue más allá y describió el mecanismo que preocupa: cuando la temperatura sube dentro del microondas, las moléculas del plástico vibran y la estructura de polímeros se puede fracturar. En ese proceso se liberan fragmentos diminutos y también aditivos que se incorporan durante la fabricación, como colorantes, antioxidantes y estabilizadores ultravioletas. Todo eso puede terminar mezclado con la comida.
El mito del apto para microondas
Una de las confusiones más frecuentes que vemos en la verdulería o en el súper es creer que la leyenda apto para microondas resuelve el problema. Brambl advierte que no es así: esa etiqueta no elimina la posibilidad de que se desprendan microplásticos, porque regula otras cosas. Oyewole, por su parte, distingue entre la aprobación de un material para almacenar alimentos y las preguntas todavía abiertas sobre qué pasa cuando esas partículas se ingieren de manera sostenida a lo largo de los años.
En paralelo, los toxicólogos son cautos con las conclusiones. Brambl recuerda que la literatura científica ya documentó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el organismo humano y que algunos datos muestran asociaciones con procesos inflamatorios. Pero, y acá viene el matiz que a veces se pierde en los títulos alarmistas, una correlación no prueba que esas partículas sean la causa. Los efectos a largo plazo continúan bajo investigación y todavía no se puede hablar de una relación causal firme.
Hay, además, un límite que los propios especialistas reconocen y que a nosotros, como consumidores, nos cuesta aceptar: por más cuidado que pongamos en la cocina, la contaminación ambiental puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos antes de su procesamiento o de su envasado. Cambiar el recipiente antes de recalentar es una manera de achicar la exposición, no de eliminarla.
María, mientras tanto, ya guardó su porción, lavó la olla y dejó el recipiente de vidrio sobre la mesada para mañana. Me cuenta, mientras se seca las manos con un repasador, que viene haciendo ese cambio desde hace un mes y que todavía no sabe si le sirve de algo. Yo le digo lo mismo que repiten Brambl y Oyewole: probablemente no le sobra, y aunque la ciencia todavía no pueda asegurar cuánto, al menos es un hábito que no agrega nada en contra.
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Santa Cruz Informa