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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Las huellas invisibles: por qué la crianza propia aparece cuando somos padres

El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica qué marcas de la infancia reaparecen al criar a los hijos, cuáles son las más difíciles de dejar atrás y qué señales permiten distinguir cuándo la propia historia se mete en la relación con los chicos.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 5 min
Las huellas invisibles: por qué la crianza propia aparece cuando somos padres

Son las ocho de la mañana en un café de Palermo y Mariana, de 38 años, termina el café con leche de un trago antes de salir corriendo a dejar a su hija en el colegio. Antes de abrir la puerta, le pide que se apure, que no se queje, que se deje de llorar por una tontera. Cuando se da cuenta del tono que usó, se queda paralizada un segundo: es la misma voz que le hablaba su madre, y que ella juró que jamás iba a repetir. Nadie empieza a criar desde cero, y esa es justamente la trampa que Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, viene desentrañando hace años en su consultorio de Buenos Aires, una y otra vez, con cada paciente que se sienta frente a él contando algo parecido.

Porque resulta que todos cargamos con una mochila que no siempre se ve. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, como explica el propio McCoubrey en diálogo con este portal. Esa historia no se queda quieta en el pasado: aparece sin avisar en la forma en que hablamos, en cómo ponemos límites, en el modo en que reaccionamos cuando hay un conflicto con los chicos. También se cuela en las ideas que circulan por casa sobre el éxito, sobre el dinero, sobre el afecto y hasta sobre lo que se espera de un varón o de una mujer en esta sociedad que nos toca vivir acá.

El problema no es repetir, sino repetir lo que hizo sufrir

Según el especialista, el punto no está en repetir patrones sin más, porque muchas veces repetir sirve y está bien. Lo que hace falta interrumpir, dice con firmeza, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Es decir, no toda repetición es mala en sí misma: hay modos de decir, gestos, incluso silencios que conviene volver a pasar de generación en generación. El problema aparece cuando lo que se repite es precisamente eso que dejó marca, y encima no se lo puede reconocer a tiempo para frenarlo.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
  • Pérdidas silenciadas, que nunca se elaboraron en familia y que vuelven como tristeza difusa o como necesidad de controlar todo en la crianza.
  • Violencias naturalizadas en el trato cotidiano, desde un grito hasta una cachetada que se vivía como algo normal en la propia casa.
  • Vergüenzas heredadas, ligadas al cuerpo, al origen, a las preferencias o a los logros, que se transmiten sin que nadie se dé cuenta.
  • Mandatos rígidos que pasan de generación en generación, con frases del estilo en mi casa se hacía así o en nuestra familia los hombres no lloran.

El riesgo de criar solo en contra de los propios padres

Acá en la Ciudad uno escucha muchas veces la versión opuesta, la de los padres y madres que juran que van a hacer todo lo contrario a lo que vivieron cuando eran chicos. El problema, advierte McCoubrey, es que criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres. ¿El resultado? Terminan criando desde el rechazo y no desde el vínculo, y lo que se repite es otra forma de rigidez. Quien creció con una crianza muy dura, señala el psicólogo, puede terminar creyendo que cualquier frustración, cualquier enojo, cualquier límite, es automáticamente traumático, lo cual también empobrece mucho la relación con los chicos.

La clave, según insiste el especialista, no está en buscar un punto medio matemático, una especie de promedio entre lo que se vivió y lo que se quisiera haber vivido. La clave está en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con su edad, con su carácter, con lo que necesita en ese momento puntual. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, dice. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver. La vara no es ideológica ni abstracta: es la del chico real que tenemos acá, y no la del padre o la madre que llevamos adentro desde los siete años.

Cómo darse cuenta de que la propia historia se está metiendo

Una señal bastante clara de que la propia historia está interfiriendo, según McCoubrey, es una reacción desmedida ante situaciones más bien cotidianas: una bronca que desborda frente a una tontera, una preocupación extrema porque el nene no comió toda la milanesa, o la necesidad compulsiva de tener todo bajo control, desde los horarios hasta las amistades. Son respuestas que no guardan proporción con lo que pasó, y que suelen explicarse más por lo que se trae de antes que por lo que acaba de pasar ahora con el hijo. Cambiar esos patrones, aclara, no implica no volver a equivocarse nunca, ni mucho menos. A veces el primer cambio importante no es no gritar nunca, sino poder detenerse antes de que se pase, poder pedir una pausa, poder volver y decir con palabras lo que a uno le cuesta tanto: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Es un movimiento chico, pero enorme.

Mariana, aquella mamá de Palermo que me crucé hace un rato, seguramente va a llegar hoy a la noche, se va a sentar en la cama de su hija para darle el beso de las buenas noches y le va a pedir disculpas por el apuro de la mañana. No va a borrar la mochila ni la va a convertir en madre modelo de un día para el otro, claro que no, pero ya empezó a verla, y ese primer paso, como bien sabe McCoubrey, es el que más cuesta y el que más vale acá, en esta ciudad donde tantas familias se parecen más de lo que creen.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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