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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La infancia que se quebró en silencio y un sistema que no alcanza a abrazarla

Los números fríos cuentan una parte: chicas y chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencia en silencio durante años. Los profesionales que los atienden cuentan la otra parte: los equipos son pocos, los turnos se agotan y la respuesta llega tarde, fragmentada, muchas veces a destiempo.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 4 min
La infancia que se quebró en silencio y un sistema que no alcanza a abrazarla

Es viernes a la mañana y en la sala de espera del consultorio de Marta ya no quedan sillas vacías. La psicóloga infantojuvenil atiende en un edificio antiguo del centro, a dos cuadras de la plaza principal, y las madres llegan con los chicos de la mano, con carpetas escolares, con certificados que nadie les pidió pero que ellas igual llevan por las dudas. Hay nenas que no quieren sacarse la mochila, nenes que miran el piso, adolescentes que se sientan lejos de los adultos y se quedan ahí, como esperando que alguien les diga que esto que les pasa tiene nombre.

Acá, en esta ciudad y en muchas otras de Argentina, las consultas por salud mental de chicas, chicos y adolescentes se multiplicaron en los últimos años, pero los equipos especializados para responder a esa demanda no crecieron al mismo ritmo. Lo que se ve en los consultorios, en las guardias y en las aulas es un patrón que se repite: dificultad para dormir, para aprender, para alimentarse, aislamiento, marcas en la piel que nadie preguntó de dónde salieron y, en los casos más extremos, frases dichas en voz baja que nadie quiere repetir.

Lo que aparece cuando alguien finalmente pregunta

  • Problemas para dormir o alimentarse, sea comiendo de más o dejando de comer, muchas veces asociados a ataques de pánico o ansiedad generalizada.
  • Aislamiento progresivo, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban y un repliegue hacia el mundo digital como único refugio.
  • Autolesiones, que en la mayoría de los casos funcionan como una manera de soportar un dolor emocional para el cual nadie les ofreció palabras.
  • Pensamientos o intentos de suicidio, que aparecen cada vez con más frecuencia en pacientes cada vez más jóvenes.

Cuando los profesionales indagan, lo que aparece detrás de esos síntomas suele tener nombre y apellido: violencia sexual, malos tratos, negligencia, humillaciones cotidianas que se cargan en silencio durante años. Según las estimaciones de UNICEF, una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o agresión sexual antes de cumplir los 18, y entre los varones la proporción es de uno cada once. Buena parte de esas experiencias nunca encontró un interlocutor, y lo que no se nombra termina expresándose en el cuerpo, en la conducta, en el aprendizaje o en el sueño.

A ese cuadro se le sumó en los últimos años una capa nueva, la de las pantallas. Las chicas y los chicos quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo, y muchas veces recurren al celular no por diversión sino como refugio ante soledades que no tienen adónde ir. UNICEF advierte que uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que para los especialistas no es un dato aislado sino un síntoma más de un malestar que se busca apagar como se puede.

La escuela como espejo de lo que pasa afuera

Los resultados de las pruebas PISA 2025 terminaron de completar el cuadro: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Para los equipos de salud mental, esos números no hablan solo de contenidos pedagógicos: aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, y son justo los recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, al miedo o al abandono.

Cuando una familia logra advertir que algo está mal y se anima a pedir ayuda, muchas veces se topa con un sistema que no está diseñado para acompañar. Los servicios de salud mental infantojuvenil están saturados, faltan profesionales especializados y los tiempos de espera convierten lo que podría ser una señal temprana en una urgencia. A eso se suma una fragmentación que los propios trabajadores reconocen: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción, y el chico, en el medio, puede quedar perdido como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que pocas veces se hablan entre sí.

“Nosotras vemos lo que llega, pero lo que no llega, y eso es lo que más nos preocupa.”Marta, psicóloga infantojuvenil que atiende en un consultorio del centro

Antes de cerrar la jornada, Marta acompaña hasta la puerta a un nene de diez años que concurre a la consulta desde hace seis meses. La madre, que espera en la sala, le cuenta que el varón empezó a hablar después de años de silencio y que en la escuela notaron cambios, aunque todavía les cuesta saber cómo seguir. Acá, entre nosotros, la cifra fría dirá que es uno más dentro de las estadísticas, pero para Marta y para quienes trabajan en estos equipos cada caso es el recordatorio de que la diferencia entre un chico que encuentra a alguien a tiempo y uno que queda dando vueltas por el sistema se juega en detalles, en recursos, en decisiones políticas que todavía están pendientes.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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