La herencia silenciosa: cuando los deseos de los padres se vuelven carga para los hijos
La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo cómo las expectativas familiares pueden transformarse en culpa y propone revisar qué se reprocha cada uno en la vida adulta
Son las siete de la tarde y, mientras el colectivo pasa por la avenida, se me viene a la cabeza una escena que seguramente muchos lectores reconocerán: la mesa de los domingos en una casa de acá, de nuestro país, con la madre sirviendo el puchero y, entre dos cucharadas, deslizando un 'yo a tu edad ya había terminado la carrera'. No hace falta que nadie levante la voz; alcanza con ese tono, con esa frase dicha casi al pasar, para que algo se instale adentro de uno durante décadas. De eso, precisamente, habla la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), que acaba de presentarse y que pone el foco en una pregunta incómoda: ¿de qué nos acusamos realmente cuando nos sentimos culpables, y cuánto de eso viene, en realidad, de lo que otras personas esperaban de nosotros?
Expectativas que pesan sin hacer ruido
Para Wila, no hace falta que las exigencias lleguen envueltas en un grito ni en un reproche explícito. A veces, señala la especialista, las madres y los padres transmiten sus aspiraciones a través de pedidos que parecen cariñosos, de gestos amables, de silencios que incomodan más que cualquier palabra. Esa manera suave, explica, no por eso deja de generar una carga enorme en los hijos, que crecen pendientes de saber qué esperan los adultos y qué deberían hacer para conseguir su aprobación.
Hay algo que la autora distingue con cuidado y que me parece clave para entender de qué hablamos cuando hablamos de culpa familiar. Por un lado están las normas que ayudan a convivir: las que ponen límites a la agresividad, las que enseñan a respetar al otro, las que ordenan la vida cotidiana y nos permiten vivir juntos sin lastimarnos. Por otro lado, advierte, existen mandatos que restringen las decisiones más íntimas: con quién casarse, qué estudiar, dónde vivir, cuántos hijos tener, hasta qué carrera seguir. Y esos mandatos suelen venir atados, según describe Wila, al miedo a perder el afecto de quien los formula. Así, lo que empieza como una elección personal puede terminar condicionado por el temor a decepcionar.
Voces que se quedan para siempre
Quizá lo más inquietante de lo que plantea la psicóloga sea una idea que recorre el libro de punta a punta: las voces que escuchamos durante la infancia no se van cuando crecemos. Wila sostiene que los juicios recibidos en la crianza se incorporan como reproches propios, y que en la adultez la exigencia puede seguir latiendo aunque ya no haya nadie afuera repitiéndola. Es ese murmullo interno que aparece a la madrugada, antes de tomar una decisión importante, y que nos hace dudar no porque la opción sea mala, sino porque alguien, alguna vez, dejó caer que esa no era la correcta.
Frente a ese mecanismo, la propuesta concreta de Wila es bastante simple en su formulación y bastante difícil en la práctica. Se trata de detenerse a pensar qué está pasando, hacerse cargo de la responsabilidad por los propios actos y separar esa responsabilidad del cuestionamiento permanente sobre uno mismo. Es decir: responder por lo que efectivamente hice o dejé de hacer, y no cargar con la mochila enorme de tener que cumplir con los sueños que otros no pudieron realizar. En sus propias palabras, la idea central es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un reproche que se retroalimenta sola.
Ahora bien, la especialista aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura no es la misma para todos. Cada recorrido individual está atravesado por palabras, gestos y situaciones vividas, y por eso no existen recetas universales. Lo que sí propone, como punto de partida, es una invitación que a mí, confieso, me dejó pensando un buen rato: animarse a preguntarse, con honestidad, cuánto de lo que nos reprochamos responde a nuestros actos y cuánto, en cambio, es el eco de expectativas ajenas que nunca pedimos cargar.
Vuelvo a la mesa del domingo del principio, a esa madre que sirve el puchero y deja caer su frase como al pasar. Tal vez, sugiere Wila, la mejor manera de querer a los hijos no sea proyectar en ellos lo que uno no pudo hacer, sino acompañarlos a descubrir qué quieren ser. Y tal vez, del lado de los hijos, el primer paso para livianar esa mochila sea entender que la culpa que nos persigue desde la infancia no siempre es nuestra: a veces, simplemente, la heredamos en silencio.
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