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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La consulta al psicólogo que empieza en la cocina: cuando la dieta entra en la historia clínica

Una especialista británica promueve que el primer encuentro con un profesional de salud mental no se limite a las emociones: también pregunte qué se come, cuánto se duerme y cómo se mueve el cuerpo. La propuesta apunta a tratar a la persona entera y no solo el síntoma.

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Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 4 min
La consulta al psicólogo que empieza en la cocina: cuando la dieta entra en la historia clínica

Son las cinco de la tarde en un consultorio de Palermo y una mujer de 47 años se sienta frente a la psicóloga con la misma queja de siempre: está cansada, no puede dormir bien y siente que nada le interesa como antes. Antes de pedirle que recuerde su infancia, la profesional le pregunta qué comió en las últimas veinticuatro horas, cuántas horas duerme y si mueve el cuerpo durante la semana. No es un capricho. Es, para Kimberley Wilson, la forma más honesta de empezar a entender qué le pasa a alguien que consulta por su salud mental. En su mirada, el cansancio persistente, la apatía y el ánimo bajo merecen una evaluación que contemple también la alimentación, el descanso y el movimiento, sin dejar de lado la psicoterapia ni los medicamentos cuando hacen falta. Acá, en Buenos Aires, donde la consulta psicológica suele arrancar por el lado del síntoma emocional, la idea suena casi como una invitación a revisar la propia mesa antes que el propio pasado.

Una historia clínica que empieza en la mesa

Wilson, psicóloga británica con trayectoria en el servicio público de salud, viene planteando hace años que la evaluación nutricional debería incorporarse al cuidado de la salud mental. La idea es concreta: cuando alguien llega con fatiga que no se va, problemas de concentración o tristeza prolongada, la primera entrevista debería incluir preguntas sobre qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve, además de los antecedentes personales y las situaciones de estrés que ya forman parte del interrogatorio clásico. Para la especialista, una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría verar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta. La psicoterapia y la medicación siguen formando parte del abordaje, pero dejan de ser la única puerta de entrada. La propuesta es tratar a la persona entera, no solo el malestar que la trae al consultorio.

“Su insuficiencia no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga

En una conversación con un medio británico, la psicóloga nombró a las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3 como nutrientes especialmente relevantes para el funcionamiento cerebral. También fue clara en el límite de su planteo: una deficiencia nutricional no explica por sí sola un cuadro depresivo ni un trastorno de ansiedad. Lo que sí puede hacer, sostuvo, es sumar peso a la mochila. Por eso propone investigar posibles déficits cuando los síntomas se vuelven persistentes, en lugar de asumirlos como parte inevitable de la vida adulta.

Qué alimentos mirar con más atención

Entre las opciones que Wilson recomienda poner sobre la mesa están los pescados azules, por su aporte de omega-3. Sardina, salmón y caballa encabezan la lista, con una sugerencia concreta: al menos una porción semanal. Para quienes llevan una dieta vegetariana o vegana, la psicóloga sugirió consultar con un profesional de la salud sobre alternativas de suplementación, ya que obtener ciertos nutrientes solo de la alimentación puede resultar más complejo. La idea no es reemplazar el plato por un comprimido, sino entender que el cuerpo y la cabeza funcionan con un combustible que también se elige en la cocina.

  • Pescados azules: sardina, salmón y caballa, al menos una vez por semana, por su contenido de omega-3.
  • Vitamina B12: clave para vegetarianos y veganos, que suelen requerir suplementación.
  • Zinc, selenio y vitamina B3: nutrientes cuyo déficit puede sumarse a cuadros de fatiga o irritabilidad.
  • Sueño, movimiento y consumo de sustancias: variables que también deberían revisarse en la primera consulta.

El motor personal: la cárcel de mujeres de Holloway

La mirada de Wilson no nació en un libro de texto. Se fue armando mientras trabajó en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde atendió a internas con fuertes dificultades para regular sus emociones. Con el tiempo, observó que muchas de esas pacientes presentaban carencias alimentarias que parecían alimentar la irritabilidad, la impulsividad y los estados de ánimo bajos. La especialista citó también ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles, donde la administración de ciertos micronutrientes se asoció con una reducción de episodios violentos. Eso no significa que la dieta explique toda la conducta de una persona, aclaró, pero sí que el cuerpo y la mente forman un sistema mucho más entrelazado de lo que solemos admitir.

La revisión que Wilson propone es amplia y, al mismo tiempo, ordenada. Incluye el sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral como factores que merecen ser preguntados en la primera entrevista. Los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento no aparecen de un día para el otro: pueden tardar meses en percibirse, y la constancia suele ser la única aliada. Por eso, dice, la paciencia vuelve a ser parte del tratamiento. Si yo pudiera llevarme algo de esta charla a mi propio consultorio porteño, me quedo con la idea más simple y más difícil de cumplir: antes de pedirle a alguien que revise su historia, vale la pena preguntarle qué tiene en la heladera. La mujer de 47 años del inicio de esta nota todavía no lo sabe, pero tal vez el primer paso de su mejoría empiece por ahí.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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