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MAR, 20 OCT 2026
Entretenimiento

Josh Hartnett, un pueblo pescador y lo que el mar se niega a devolver: bienvenidos a “Bajo la superficie”

La miniserie canadiense que explotó en la plataforma con 17 millones de visualizaciones en cuatro días combina misterio sobrenatural, drama familiar y el paisaje áspero de Terranova. Un estreno para ver capítulo a capítulo, casi sin respirar.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Josh Hartnett, un pueblo pescador y lo que el mar se niega a devolver: bienvenidos a “Bajo la superficie”

Hay una frase que un viejo pescador de Miramar le dijo una vez a un periodista y que nunca me pude sacar de la cabeza, más o menos decía así: «El mar te da de comer, pero también te cobra, y siempre te cobra de más». Cuando terminé de maratonear los primeros capítulos de Bajo la superficie, esa sentencia me volvió como un mazazo, porque la serie canadiense que acaba de desembarcar en la plataforma parece construida, capítulo a capítulo, alrededor de esa idea: el océano como proveedor y como verdugo, como lugar de trabajo y como agujero negro al que se le cae todo lo que uno más quiere. La producción, de apenas seis episodios de unos cuarenta minutos cada uno, es la apuesta más ambiciosa del género que llegó al streaming en lo que va del año, y los números la acompañan: 17 millones de visualizaciones en apenas cuatro días, un arranque pocas veces visto para una ficción de este lado del Atlántico.

Snooks Arm, el pueblo que termina siendo protagonista

Antes de que aparezca Josh Hartnett en pantalla, antes de que suene la música y antes de que se pronuncie la primera palabra de diálogo, la serie se toma su tiempo para mostrar el lugar. Snooks Arm es una localidad costera diminuta de Terranova, en el Atlántico canadiense, y la producción decidió filmar allí mismo, no en un estudio que lo simule, y se nota. Las casas de madera gastada por el salitre, los muelles despintados, los barcos que se hamacan como si bostezaran, el cielo gris que pesa más que el propio paisaje: todo ese trabajo de ubicación termina siendo un personaje más, uno que respira, que se entristece, que se enoja.

Calvin Penney, el personaje al que Hartnett le pone el cuerpo y la mirada, es un pescador de toda la vida, un tipo que conoce el agua como conoce su propio nombre y que arrastra, además, la muerte reciente de su padre y un montón de temas pendientes que nunca se resolvieron en familia. Cuando empiezan a aparecer señales raras en el mar, cosas que no se explican, Calvin queda atrapado entre dos mareas: la que le pide salir a pescar para mantener a los suyos, y la que le pide entender qué está pasando abajo de la superficie, aunque lo que encuentre no le vaya a gustar.

La científica que no cree en nada (todavía)

Del otro lado de la tranquera está Fonda Howander, la investigadora marina a la que Mackenzie Davis le entrega una de esas actuaciones contenidas, de ceja levantada y palabra medida, que tan bien le quedan. Fonda llega al pueblo con la convicción de que todo tiene una explicación, y la serie planta ahí una de sus tensiones más ricas: lo que puede medirse contra lo que se siente, la ciencia contra la experiencia, la ciudad contra el pueblo. No es un personaje decorativo, ni la típica científica que aparece para aportar el dato ingenieril y desaparecer; Fonda se mete en el barro emocional del pueblo aunque no quiera, y termina pagando un precio por esa intromisión. Davis y Hartnett sostienen la química con una economía de gestos que da gusto mirar, sobre todo en las escenas donde se cruzan sin decirse casi nada.

El terror que viene de afuera, pero sobre todo de adentro

Acá viene uno de los aciertos más grandes de los showrunners, y que a mí, como espectador cada vez más cansado de los sustos gratuitos, me llenó el alma: Bajo la superficie apuesta por un terror de atmósfera, no de sobresaltos. La amenaza submarina está siempre fuera de campo, latiendo, como un dolor de muelas que no se va. Lo que avanza y se despliega con más fuerza, mientras tanto, son los conflictos personales: el duelo del padre muerto, los hermanos que no se hablan, las cuentas pendientes, los amores que se quedaron a la mitad. El suspenso opera en dos planos simultáneos —lo que pasa bajo el agua y lo que revienta sobre tierra— y la serie se las arregla para que uno alimente al otro, como si el mar fuera un espejo de lo que cada personaje se niega a ver en su propia casa.

“El aislamiento geográfico de la comunidad determina cómo los personajes enfrentan la crisis: sin recursos externos, con los vínculos locales como única red de contención.”La producción, en su material de presentación

Mi recomendación, horario y precio incluidos

Si me preguntan a mí, no hay mucho que pensar: Bajo la superficie es de esas series para ver de a un capítulo por noche, con un mate al lado y la luz baja, porque el ritmo pide esa entrega. Los seis episodios ya están disponibles en la plataforma, se pueden ver en cualquier horario del día, están incluidos en la suscripción estándar sin pagar extra, y cada capítulo dura alrededor de cuarenta minutos, ideal para una sobremesa o para escaparse antes de dormir. Es ideal para mayores de 16 años por algunas escenas tensas y un par de momentos bien duros, y créanme: sirve mucho conocer a alguien que haya leído a Stephen King o a esa literatura nórdica de Björn Larsson, porque varios ecos van asonar familiares. Yo ya estoy esperando el segundo, y mientras tanto, me quedo mirando el mar con otro ojo.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos

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