Herederos silenciosos: a un cuarto de siglo del 11-S, los hijos de los rescatistas cargan con la marca que nunca vieron
Un estudio del Columbia University Irving Medical Center siguió durante dos décadas y media a 270 hijos adultos de trabajadores que respondieron a los atentados y registró depresión, ansiedad y pánico transmitidos de padres a hijos sin que los chicos hayan estado jamás en la zona cero. El hallazgo reabre el debate sobre cómo se trata el trauma en las familias y por qué la salud mental no puede quedarse en la puerta del paciente.
Son las diez de la mañana en Lower Manhattan y el sol pega de lleno sobre la plaza que alguna vez fue un cráter. Un grupo de turistas se saca fotos con la fuente del Memorial, hay oficinistas que cruzan en manga corta hacia el metro y, en una esquina, un padre le explica a su hijo de unos seis años por qué hay dos huecos en el piso con agua que cae hacia adentro. El nene escucha con cara seria, pregunta algo en voz baja y vuelve a mirar hacia arriba, como buscando las torres que ya no están. A veinticinco años del 11-S, esa escena se repite miles de veces por semana, y hay otros chicos, ya grandes, que cargan una versión menos visible de la misma pregunta. No la hicieron mirando el cielo de Manhattan, sino en la mesa de la casa, viendo a su viejo llegar del trabajo con la mirada perdida.
Lo que midió el estudio
La investigación que acaba de publicar la revista PLOS Mental Health, hecha por el equipo de la profesora Yael Cycowicz en el Columbia University Irving Medical Center, siguió a 270 hijos adultos de 176 familias de rescatistas, bomberos, policías y trabajadores de recuperación que fueron diagnosticados con trastorno de estrés postraumático (TEPT) en las semanas posteriores a los atentados. Todos los chicos tenían menos de dieciocho años cuando pasó lo que pasó y, por lo tanto, no estuvieron en la zona cero ni vieron caer las torres. Aun así, los números que dejó el relevamiento son los de un país en guerra, no los de una ciudad en calma: más del veinte por ciento de esos hijos hoy presenta depresión clínica y más de una cuarta parte pelea contra algún trastorno de ansiedad, según los datos que cruzaron los investigadores a partir de encuestas a padres e hijos y de los registros del World Trade Center Health Program.
Acá en Buenos Aires uno tiende a mirar estos estudios como algo lejano, que pasa del otro lado del continente, pero lo que muestra el paper sirve también para pensar lo que nos pasa cuando un padre o una madre vuelve marcado de un siniestro, de un accidente, de una inundación o de una pandemia. La novedad no es que el trauma exista, sino que se transmite sin necesidad de que el hijo haya visto una sola imagen del hecho. Cycowicz lo dijo con una frase que vale la pena repetir: los chicos no tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, su ansiedad, su desconfianza y su preocupación. Es decir, el horror se hereda por ósmosis, en el tono de la cena, en la forma en que el padre revisa tres veces la cerradura, en la madre que se despierta sobresaltada a las tres de la mañana.
“Los hijos no tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación.”Yael Cycowicz, autora principal del estudio, Columbia University Irving Medical Center
Por qué no aparece TEPT sino depresión y ansiedad
Para los investigadores hubo un dato que llamó la atención y que cambia la manera de leer a estas familias: el patrón dominante en los hijos no es el TEPT, sino la depresión y la ansiedad. La explicación que maneja Cycowicz es que estas dos respuestas son más coherentes con una exposición sostenida al estado mental de un progenitor a lo largo de años, mientras que el estrés postraumático clásico suele aparecer cuando uno vive el hecho violento en carne propia. Es como la diferencia entre caerse de una escalera y vivir veinte años al lado de alguien que se cayó: las dos cosas dejan marca, pero la marca es distinta.
- Más del 20 por ciento de los hijos adultos presenta depresión clínica.
- Más del 25 por ciento registra algún trastorno de ansiedad.
- El riesgo fue mayor cuando el progenitor llegó temprano a la zona cero, permaneció más tiempo en los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos.
- La depresión actual de los padres se asoció con mayor probabilidad de depresión en los hijos.
- El TEPT actual de los padres se vinculó con más TEPT, pánico y depresión en la descendencia.
- Los vínculos más negativos entre padres e hijos se asociaron con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos.
- Una menor calidez en el trato se relacionó con más ansiedad en los jóvenes.
El peso del vínculo y la red social
El estudio también se detuvo en un punto que a nosotros, como sociedad, nos suele costar ver: la calidad del vínculo entre padres e hijos funciona como amplificador o como freno. Cuando la relación se volvía más tirante, crecían los síntomas depresivos y aparecía con más fuerza el problema con el alcohol en los hijos. Cuando la calidez del trato bajaba, lo que subía era la ansiedad. En la vereda de enfrente, el apoyo social operó como un escudo: mejores redes, contención de amigos, compañeros de trabajo o grupos comunitarios, actuaron como un colchón que amortiguó la transmisión del trauma de generación en generación.
Esta parte del hallazgo es la que más nos interpela acá, en cualquier ciudad grande donde un bombero, un médico, un efectivo de defensa civil o un policía llega a su casa después de una guardia dura y, sin querer, se lleva el peso adentro. Como la investigadora, no alcanza con tratar al padre o a la madre si el tratamiento deja afuera a los hijos y a la pareja: la salud mental se atiende en familia o no se termina de atender. Por eso el paper termina pidiendo que los programas de atención a rescatistas incorporen de manera sistemática a las familias, con espacios de escucha para los chicos, seguimiento escolar y acompañamiento específico para adolescentes y jóvenes que hoy cargan una herencia que nadie les contó que habían recibido.
Vuelvo mentalmente a la esquina de Manhattan, al nene de seis años que mira hacia arriba buscando dos torres que no están. A esta altura, ese chico ya tiene treinta y un años y, si su padre fue uno de los que bajaron del área de desastre con TEPT, las chances de que él o alguno de sus hermanos esté peleando con una depresión o con ataques de pánico son, según lo que acaba de mostrar la ciencia, mucho más altas de lo que la mayoría imagina. Lo que dejó el 11-S no se midió solo en víctimas directas ni en rescatistas: se mide, también y sobre todo, en los hijos que nunca pisaron la zona cero y que, igual, siguen pagando una cuenta que abrieron otros.
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Santa Cruz Informa