Fackham Hall: cuando los aristócratas se tropiezan con sus propias reglas
La comedia británica que reimagina los dramas de época con enredos matrimoniales, un detective fuera de control y un romance entre clases que nadie vio venir. Estrena en salas argentinas con un reparto que mezcla experiencia y frescura.
Leí por ahí que Jim O'Hanlon, el director de esta locura, dijo que quería hacer una película en la que los aristócratas fueran tan torpes como cualquier familia nuestra en una cena de domingo. Y la verdad, lo logró. «Fackham Hall», que acá llega como «Un muerto a la hora del té», es una comedia de época que toma todos los rituales solemnes de la aristocracia británica —las bodas arregladas, los mayordomos de expresión inmutable, los jardines que parecen pintados con aerógrafo— y los pone cabeza abajo con un humor que va del juego de palabras fino al golpe de comedia física más elemental. El resultado es 97 minutos de enredos que no le piden permiso a nadie.
«A los aristócratas no los mata el destino, los mata su propia estupidez»
La historia arranca en Davenport Manor, una mansión que parece salida de un cuento de hadas inglés, con esas paredes tapizadas, las arañas de cristal y los jardines que uno imagina eternamente cubiertos de rocío. Pero el cuento de hadas se interrumpe rápido. Poppy Davenport, interpretada por Emma Laird con una mezcla de picardía y desesperación, está a punto de casarse con su primo Archibald —el papel de Tom Felton, que se luce componiendo a un tipo tan insufrible que uno termina queriendo que la boda se frustre de verdad— aunque en realidad ama a otro hombre de condición social muy inferior. Cuando la boda se cae, las expectativas de la familia se vuelcan sobre la hermana menor, Rose, a quien Thomasin McKenzie le pone esa mirada entre ingenua y decidida que tiene la Nueva Zelanda más interesante del cine actual.
«El corazón de un carterista y los guantes de seda»
Lo mejor del guion, donde aparece Jimmy Carr entre los libretistas, es cómo construye el romance central. Rose se enamora de Eric Noone, un carterista que llega a la mansión con la excusa de entregar una carta y termina contratado como parte del servicio. Ben Radcliffe compone a Eric con ese encanto de pícaro de los suburbios londinenses, el tipo que sabe dónde está la plata pero se distrae con la chica equivocada. La barrera social entre ambos, lo que en «Downton Abbey» sería motivo de tragedia solemne, acá se vuelve material de comedia: cenas donde él tiene que servir los platos y soportar las indirectas, conversaciones en el jardín interrumpidas por el mayordomo, situaciones donde las convenciones de clase se chocan de frente con el corazón.
Y en medio de tanto amor imposible, aparece un muerto. Bueno, eso dice el título. La investigación la lleva adelante el detective Watt, un personaje que Tom Goodman-Hill arma como una caricatura deliberada de Hércules Poirot: bigote dibujado con precisión milimétrica, manías obsesivas, declaraciones enrevesadas que nadie entiende. Cada vez que Watt aparece, la película se inclina decididamente hacia el absurdo, y el contraste con el resto del relato, que mantiene un tono más de comedia de enredos, genera algunos de los mejores momentos de la función.
«Costumbres, patrimonio y bodas entre primos, todo en la misma bandeja de plata»
Lo que la película se anima a poner en el centro de la mesa, y ahí está su mayor acierto, es la sátira sobre las costumbres de la clase alta británica. Los casamientos arreglados para mantener el patrimonio dentro de la familia, la obsesión por la pureza del apellido, los criados como muebles que hablan solo cuando se les pregunta. «Downton Abbey» funciona como referencia inevitable, pero «Fackham Hall» no le hace reverencias: directamente le da vuelta el protocolo y le hace cosquillas hasta que la solemnidad se cae al suelo. La ambientación conserva la apariencia de los dramas históricos —losvestuarios impecables, la música de cámara, la iluminación de óleo— pero los chistes se encargan de recordarnos que todo eso es, en el fondo, una puesta en escena. La dirección de O'Hanlon, que ya tiene en su currículum la adaptación de «Emma» de 2009, maneja con solvencia el cambio de registro entre la parodia de época y la comedia más directa, sin que la película pierda ritmo en ningún momento.
«Una cita, una sala y 97 minutos para reírse sin culpa»
Si te gustan las comedias con diálogos filosos, enredos de herencia y romances que cruzan todas las líneas sociales imaginables, «Un muerto a la hora del té» es de esas películas que se disfrutan más de lo que uno espera. El guion apela tanto al ingenio verbal como a la comedia física más elemental, y el elenco entero parece pasarla demasiado bien como para no contagiar al público. Mi recomendación es bien concreta: andá a verla, preferentemente en una función de tarde, con tiempo para una merienda después y comentar las escenas que más te hicieron reír. Consultá en tu cine más cercano los horarios y precios, porque al ser una propuesta británica de nicho, la disponibilidad de funciones suele ser más limitada que la de los blockbusters. Eso sí: llegá con el ánimo de reírte de los aristócratas sin culpa, que es justamente lo que esta película te pide a cambio de sus 97 minutos.
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