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VIE, 16 OCT 2026
Vida

El "no" que cuida: por qué los límites en la infancia no son autoritarismo sino una forma de querer

Especialistas en crianza advierten que la ausencia de reglas firmes puede dejar a los chicos sin herramientas para tolerar frustraciones y regular sus emociones. La clave, dicen, no es gritar más fuerte ni ceder ante cada berrinche, sino ejercer la autoridad con presencia, diálogo y afecto.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 4 min
El "no" que cuida: por qué los límites en la infancia no son autoritarismo sino una forma de querer

Acá, en la cocina de cualquier casa de barrio, la escena se repite casi a la misma hora: un nene o una nena pide algo —un caramelo de más, cinco minutos más de pantalla, quedarse despierto hasta tarde— y la madre o el padre duda. Sabe que si dice que no, empieza el llanto, el berrinche, la pataleta. Entonces aparece la pregunta que muchos adultos se hacen en voz baja: ¿ser firme me convierte en autoritario? ¿O, por el contrario, si cedo siempre, le estoy faltando el respeto?

Esa duda, que parece pequeña y doméstica, es en realidad el corazón de un debate enorme sobre cómo criamos a los más chicos. Y lo que dicen las especialistas consultadas es bastante directo: poner límites no es un castigo ni un abuso de poder. Es, justamente, una manera de cuidar.

Cuando el diálogo se vuelve "negociación permanente"

Cada vez más familias, y eso a esta altura ya nadie lo discute, prefieren reemplazar las viejas órdenes tajantes por conversaciones largas, con explicaciones, con acuerdos. El problema aparece cuando ese diálogo se transforma en una negociación sin fin y el adulto termina cediendo sólo para evitar el conflicto.

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de "Infancias respetadas"

Raschkovan, que hace años trabaja con chicos y adolescentes, distingue con mucho cuidado dos palabras que en la crianza suelen quedar pegadas: autoridad y autoritarismo. Para ella, el autoritarismo es lisa y llanamente un abuso de poder. La autoridad, en cambio, es otra cosa: es la capacidad de sostener un "no" con amor, con explicaciones, con presencia.

Los tres estilos que definieron cómo criamos

No es una discusión nueva. Ya en los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres grandes estilos de crianza que todavía hoy se usan como mapa para orientarse:

  • Autoritario: reglas rígidas, poca escucha, mucho control. El chico obedece por miedo, no por convicción.
  • Permisivo: mucho cariño, mucho mimo, pero casi ningún límite. El adulto cede para evitar el conflicto.
  • Democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Es el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio.

La psicóloga Deborah Bellota, que también trabaja con familias, aporta una mirada muy concreta sobre lo que pasa en las casas donde predomina el segundo estilo. "Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos", explica. Y advierte: esa dinámica puede alimentar la autoestima, sí, pero al mismo tiempo deja a los chicos con dificultades para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con resistencia a cualquier figura de autoridad.

Los límites como aprendizaje cotidiano

Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado, y la explicación es casi pedagógica. "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración", afirma.

Y eso no aparece solo, de un día para el otro: se aprende. Si un nene o una nena nunca escucha un "no" adentro de un entorno seguro, rodeado de adultos que lo quieren, es probable que afuera no cuente con las herramientas emocionales para procesar las primeras frustraciones serias. La calle, la escuela, el trabajo, los vínculos: todos van a ponerle límites tarde o temprano.

Bellota coincide y agrega algo que a muchos padres y madres les cambia la cabeza: el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". El límite, dice, es apenas el principio. Después viene lo más importante, que es acompañar lo que ese "no" genera en el chico: la bronca, la tristeza, la confusión. Contener sin ceder. Sostener sin gritar. Explicar sin negociar lo que no se negocia.

Cuidar también es decir que no

Vuelvo entonces a aquella cocina de barrio, a esa madre o a ese padre que duda antes de poner un freno. Lo que dicen las especialistas, con todas las letras, es que cuidar no es sólo abrazar. Cuidar es también decir "no" cuando hace falta, explicar por qué, bancarse el berrinche y quedarse ahí, al lado, mientras la frustración pasa. No es autoritarismo: es presencia. Y es, en el fondo, la manera más concreta que tenemos los adultos de preparar a los chicos para un mundo que, les guste o no, también les va a poner límites.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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