Digger, de Iñárritu: Tom Cruise vuelve a poner el arte contra las cuerdas
Más de diez años después de Birdman, el director mexicano regresa al teatro y a sus dilemas con una película que comparte estructura con aquella pero se anima a un final mucho menos amable. La paradoja del financiamiento privado como motor de la denuncia, en el centro de la historia.
Hay una frase de Alejandro González Iñárritu que me quedó dando vueltas desde que vi por primera vez el tráiler de Digger, y que más o menos dice así: «Hacer arte es un acto de fe, pero financiarlo suele ser un acto de vanidad». No es textual del material que tengo enfrente, ojo, es la idea que se desprende de toda esta película, y que el mexicano vuelve a poner sobre la mesa más de una década después de aquella Birdman que en su momento lo puso en la conversación grande de Hollywood. Ahora lo hace de nuevo con Tom Cruise como protagonista absoluto, y con una pregunta que molesta bastante más que la anterior: ¿puede el cine denunciar al dinero que lo financia sin terminar siendo parte del problema?
Vale la pena situarse antes de meterse en la película. Iñárritu es uno de esos directores que trabaja cómodo en la incomodidad, un mexicano que se formó entre México y Estados Unidos y que desde Amores perros viene insistingiendo con la idea de que el arte es un campo de batalla donde se cruzan la identidad, la fama y la culpa. Birdman, en 2014, fue su pieza más personal sobre ese asunto: una comedia negra sobre un actor que alguna vez fue superhéroe y que intenta redimirse en Broadway. La película ganó el Oscar a mejor película y dejó una pregunta en el aire sobre qué pasa cuando el artista busca volver a ser tomado en serio. Digger, por lo que se puede leer, recoge esa pregunta, le da vuelta como a una media y la empuja hacia un lado bastante más oscuro.
El dinero como protagonista invisible
Lo que cuenta Digger es, en pocas palabras, lo siguiente: Cruise interpreta a un hombre que acepta el respaldo de un magnate millonario para levantar una obra de teatro, y lo hace con un objetivo que en sí mismo es una contradicción andante: salvar a su hija de una situación que ese mismo entorno de poder contribuyó a crear. Es decir, el personaje usa el dinero del magnate para al magnate, y la película no se hace la distraída con esa paradoja, todo lo contrario, la instala en el centro de la escena y deja que el espectador se arregle como pueda con ella. La idea de que el arte que denuncia al poder solo puede existir gracias a la plata de ese mismo poder es vieja, pero acá se trata con una seriedad que en Hollywood no se ve seguido.
Acá aparece el cruce que a mí más me interesa, y que es el que va a definir cómo se recibe la película cuando se estrene. La narración muestra cómo el financiamiento privado va condicionando cada decisión artística, cada cambio de guion, cada renuncia, y cómo el público, cuando termina aplaudiendo la caída simbólica del magnate en una sala teatral, está descargando una catarsis que afuera, en la calle, no se va a repetir. Es el viejo truco del teatro, pero contado desde adentro y sin el glamour con el que Iñárritu lo adornaba en Birdman. Ahí estaba el falso plano secuencia, estaba el baterista en calzoncillos, estaba la sensación de que algo estaba pasando en tiempo real. Acá el dispositivo está, pero la fiesta se terminó.
Birdman, pero con los dientes apretados
En términos formales, la nueva película prescinde de ese truco del plano secuencia que se hizo famoso en 2014, pero hereda casi todo lo demás: el teatro como escenario central, la estrella enfrentada a sus propias dudas, la cámara metiéndose en los camarines y en los pasillos, la reflexión sobre el oficio de actuar. La diferencia más importante, la que justifica volver a contar la historia, está en la intención. Birdman se podía leer como una celebración, casi excesiva, del regreso de un actor y de un director al primer plano. Digger cierra con pocas concesiones y señala con el dedo las contradicciones estructurales de trabajar adentro de una industria que depende de capitales grandes. Es una película que llega para incomodar, no para aplaudir.
Y acá viene el cálculo que cualquier periodista de espectáculos tiene que hacer cuando se cruza con una película así: ¿cómo le va a ir en la temporada de premios? La respuesta honesta es que la apuesta es arriesgada. Los largometrajes de alcance comercial masivo suelen tener ventaja en la conversación de fin de año, y una película que se anima a terminar incómoda no es exactamente el material que seduce a los votantes de la Academia. La única variable que podría torcer el cálculo es una actuación de Cruise lo suficientemente potente como para convertirse en el centro de la campaña. Si el actor se banca el personaje y entrega algo memorable, la conversación cambia. Si no, va a ser una de esas películas respetadas de las que casi nadie se acuerda en marzo.
“¿El cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema?”La pregunta que sobrevuela toda la película
Me animo a ir un paso más allá. Iñárritu es un director que siempre insistió con que el cine es un acto colectivo, y Digger parece pensada exactamente para explotar esa idea, llevándola a un lugar donde la colectividad se vuelve sospechosa. Cuando el protagonista necesita levantar la obra para rescatar a su hija, se convierte en deudor de un sistema que va a condicionar cada paso. La pregunta que sobrevuela toda la película es esa que cierra el material que tengo enfrente: ¿el cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema? La respuesta de la película, por lo que se puede leer entre líneas, es un no con remilgos, y eso es lo que la hace mirar con atención.
Si te pinta, hay que ir a verla. Los horarios y el precio los confirmás en la web de cada complejo o en cartelera de tu ciudad, porque la distribución en Argentina depende de cada sala; lo que sí puedo decir es que es una de esas películas que ganan con sala llena y con silencio atento, así que conviene apartar la butaca con tiempo. Y mientras espero que se confirme la fecha de estreno local, me quedo pensando en esa primera frase que leí sobre el arte como acto de fe y el financiamiento como acto de vanidad. Iñárritu, otra vez, puso el dedo en la llaga. Ahora habrá que ver si el público quiere mirarla.
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