Cuando la cabeza no para: el valor de parar un rato y volver a empezar
Caminar unos minutos, mirar a los costados o cerrar los ojos pueden ser pequeñas llaves para recuperar la concentración cuando el día se vuelve una carga. Especialistas coinciden en que son paliativos útiles, aunque no reemplazan al profesional cuando la preocupación ya no deja dormir ni trabajar.
Son las tres de la tarde en una oficina cualquiera de Buenos Aires y la pantalla ya empieza a pesar. Los ojos se cansan, los mails se mezclan y la cabeza se va para cualquier lado menos para el informe que vence mañana. A mí me pasa, y le pasa a Carolina, 47 años, que atiende en un call center del microcentro y me cuenta, mientras se sirve un café rápido, que suele escaparse cinco minutos al patio interno para "resetearse" antes de volver a la pelea con el auricular. No es una ciencia, aclara, pero funciona.
Las pausas breves a lo largo de la jornada no son un invento nuevo ni una moda, sino una respuesta bastante concreta a un problema muy actual: sostener la atención en un mundo que no para de tirar de nosotros. Cuando la concentración se cae y el cansancio empieza a sentirse en el cuerpo, cortar un rato con la tarea puede funcionar como un respiro. No hace falta que tenga una duración exacta ni que se transforme en otra obligación: puede ser apagar las notificaciones, quedarse unos minutos en silencio o simplemente cambiar de ambiente. La elección depende del tiempo que tengamos y de lo que a cada uno le siente mejor.
Cinco cosas que se ven, cuatro que se tocan
Para los que se quedan dando vueltas con pensamientos repetitivos, hay una técnica que se usa bastante en consultorio y que cualquier puede probar en casa o en la oficina: la llamada 5-4-3-2-1. La idea es prestar atención al entorno de manera ordenada: primero cinco cosas que se ven, después cuatro que se pueden tocar, luego tres sonidos, dos aromas y por último un sabor. Antes de arrancar, una respiración lenta, sin forzar el aire, ayuda a enfocarse. La psicóloga clínica Sari Chait explica que concentrarse en esos estímulos puede dar un poco de distancia con las preocupaciones, aunque aclara bien: no las borra ni las resuelve, solo ayuda a mirarlas desde otro lugar.
- Cinco elementos visibles a nuestro alrededor.
- Cuatro cosas que podemos tocar o sentir en la piel.
- Tres sonidos del ambiente, por lejanos que parezcan.
- Dos aromas que reconozcamos.
- Un sabor, aunque sea el del café o el del propio mate.
Si el día lo permite, nada mejor que salir. Un estudio citado por el material evaluó a trabajadores que caminaron por un parque durante 15 minutos en la hora del almuerzo, durante diez días hábiles seguidos. En esas jornadas dijeron sentirse menos cansados y más concentrados por la tarde. Los que hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras respecto de sus pausas habituales. Ojo con un dato importante: nada de esto garantiza el mismo efecto para todas las personas ni mucho menos en forma inmediata. Cada cuerpo y cada cabeza tienen su propio reloj.
Acá en la ciudad, donde muchas veces comer afuera es un lujo o el tiempo apremia, también se puede mover el cuerpo sin grandes complicaciones. Estirar las piernas, hacer movimientos suaves o animarse a bailar una canción con los auriculares puestos son variantes válidas. Si hay alguien al lado, mejor: compartir ese rato suma conversación y corta un poco con la obligación de estar produciendo todo el tiempo. Una llamada rápida a alguien de confianza también puede servir, porque saca la cabeza del pozo del malestar, aunque sea por un rato.
Dormir bien es otra cosa
La neurocientífica Heidi Hanna suele recomendar algo tan simple como cerrar los ojos entre 10 y 15 minutos para favorecer la recuperación. Es un descanso corto, dicen los que saben, y no reemplaza de ninguna manera al sueño de la noche. Cada uno tiene que ajustar ese intervalo a lo que necesita y a lo que puede, sin convertirlo en una nueva presión. Para algunos alcanza con quedarse un momento a oscuras en el baño; para otros, alcanza con apoyar la cabeza en el escritorio. Lo importante es cortar.
Ahora bien, todo esto tiene un límite y conviene tenerlo presente. Estas pausas son paliativos, no curas. Cuando el malestar se instala, crece o empieza a complicar el sueño, el trabajo o los vínculos, la indicación de los profesionales es clara: hay que pedir ayuda. La terapeuta Tyana Tavakol lo resume de manera directa: si los intentos personales no alcanzan, es momento de pensar en una consulta con alguien que pueda acompañar el proceso. No es un fracaso, es cuidarse de verdad. Y eso, al final del día, también es parte de volver a empezar.
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Santa Cruz Informa