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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando el silencio del celular empieza a hablar por nosotros: por qué sobreinterpretar un mensaje puede arruinar una pareja

Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti explican cómo el cerebro completa lo que no sabe con viejos miedos y experiencias pasadas, y qué hacer para cortar ese circuito antes de que la confianza se resienta.

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Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 6 min
Cuando el silencio del celular empieza a hablar por nosotros: por qué sobreinterpretar un mensaje puede arruinar una pareja

Acá, en cualquier café de Palermo o de Mar del Plata, basta con mirar alrededor un martes a la noche para ver a alguien mirando el celular con el ceño fruncido. Espera un mensaje que no llega. Revisa si lo leyó. Imagina una pelea. A los veinte minutos ya tiene la respuesta lista, el corazón acelerado y la certeza de que algo anda mal. Lo que empezó como un minuto de silencio del otro lado de la pantalla se transformó, sin que nadie lo pidiera, en una discusión que todavía no ocurrió. Esa es, ni más ni menos, la escena que describen las especialistas Karina Carreño y Marina Mammoliti cuando hablan de la sobreinterpretación de mensajes en la pareja, un fenómeno que en los últimos años se volvió moneda corriente y que, según advierten, puede ir erosionando la confianza hasta romper vínculos que, sobre los hechos, no tenían nada roto.

Lo que pasó, lo que inventamos y por qué conviene distinguirlos

La neuropsicóloga Karina Carreño propone una operación muy concreta antes de mandar ese audio de tres minutos que después nos arrepentimos de enviar: separar qué ocurrió de qué significado le estamos poniendo. Porque una cosa es que la pareja haya respondido con un seco "ok" después de dos horas, y otra, muy distinta, es que esté enojada, cansada de nosotros o pensando en terminar la relación. Lo primero se puede verificar mirando la pantalla; lo segundo es una película que armamos nosotros, en nuestra cabeza, con un reparto bastante particular. Carreño insiste en que regular la ansiedad y conversar para aclarar dudas suele funcionar mejor que dar por cierta una intención que todavía no conocemos. Después de todo, preguntar directamente nos da información que el análisis minucioso de una pantalla jamás va a ofrecer. Esa información, además, ayuda a bajar la incertidumbre y apaga la reacción de alerta que se nos dispara cuando sentimos que algo se nos escapa.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando la respuesta no llega en el instante en que aparece la inquietud? Acá Carreño también trae una recomendación que a muchos nos cuesta digerir: aprender a convivir con la demora. No siempre es posible tener una explicación en el momento exacto en que la necesitamos, y exigirla suele empujarnos justo hacia el lugar que queremos evitar. La paciencia se vuelve, así, una aliada poco glamorosa pero bastante eficaz para cuidar la confianza.

Emociones propias: la pista que solemos pasar por alto

La psicóloga Marina Mammoliti suma a la mesa una propuesta complementaria y a menudo olvidada: prestar atención a la emoción que el intercambio nos despierta, en vez de concentrarnos únicamente en descifrar qué siente el otro. Cuando aparece un silencio o una respuesta que nos desagrada, conviene preguntarnos primero qué nos está pasando a nosotros frente a esa pantalla. ¿Inseguridad? ¿Miedo al abandono? ¿Una vieja herida que todavía supura? Mammoliti asegura que ese cambio de foco es parte central de cualquier estrategia para interrumpir la interpretación constante y volver a una conversación directa, de persona a persona, en lugar de hacerlo entre suposiciones.

Por qué el cerebro insiste en completar lo que no sabe

La pregunta del millón, y que probablemente se haya hecho cualquiera que haya discutido por un emoji, es por qué cuesta tanto no caer en la sobreinterpretación. Carreño lo explica de un modo bastante llano: cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos del otro, el cerebro se obsesiona con anticiparlos. Para llenar ese vacío recurre a lo que tiene más a mano, que suelen ser vivencias anteriores, miedos e inseguridades guardados. Así, una demora inocente termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que permita sostener esa conclusión. No hace falta ser detective para meterse en esa espiral, alcanza con haber sido herido antes.

Mammoliti coincide y agrega que las experiencias dolorosas pesan mucho en la manera de leer las conductas de la pareja. Una necesidad genuina de estar a solas, por ejemplo, puede leerse como indiferencia cuando hay miedo al abandono de fondo. La inseguridad, la baja autoestima o incluso el antecedente de una infidelidad previa alimentan la búsqueda desesperada de confirmaciones y, con ella, el intento de controlar al otro. El problema es que ese control suele conseguir justo lo contrario de lo que busca: en lugar de calmar la ansiedad, la dispara.

“El desgaste aparece cuando esas conjeturas pasan a dirigir las respuestas, discusiones por situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que van afectando la confianza.”Karina Carreño, neuropsicóloga

Pensemos en el caso de Roberto, un vecino de 48 años que vive en Boedo y prefiere no dar su apellido. Cuenta que hace unos meses estuvo a punto de cortar una relación de doce años por un chat de WhatsApp. Ella, su pareja, había dejado de usar los audios. Antes los mandaba todos los días. Roberto, durante semanas, interpretó ese cambio como una señal inequívoca de desinterés. Armó en su cabeza la teoría completa, con pruebas circunstanciales y todo. Un día, casi por casualidad, le preguntó qué había pasado con los audios. La respuesta fue tan simple que lo desarmó: se había cambiado el celular y todavía no había aprendido a grabar. Roberto se ríe al recordarlo, pero reconoce que durante esas semanas vivió convencido de algo que no existía. "Yo había construido un monstruo con tres mensajes cortos y un par de silencios", dice, todavía un poco asombrado de sí mismo. Lejos de ahí, en otro barrio, Laura, de 52 años, cuenta una experiencia parecida con su marido. Asegura que después de una infidelidad que descubrió años atrás, cualquier respuesta breve del teléfono le dispara una alerta que ella misma reconoce como desproporcionada. Empezó terapia por consejo de una amiga y ahí entendió que estaba peleando con fantasmas del pasado, no con su pareja actual. Hoy, antes de contestar, se obliga a esperar diez minutos y a preguntarse qué la está asustando en realidad. La mejoría, dice, no es perfecta, pero se nota. Como se nota también en el consultorio de Mammoliti y Carreño, donde cada vez atienden a más parejas que llegan no por un conflicto concreto, sino por el cansancio acumulado de discutir por cosas que nunca pasaron. La propuesta de ambas especialistas es clara y repetible: volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la interpretación se endurezca. Porque, como quedó dicho, una respuesta breve o una demora no alcanzan para saber qué siente la otra persona, y confundir lo uno con lo otro puede terminar costándonos la tranquilidad, el vínculo y, en muchos hogares, años de vida compartida que bien valen el ejercicio de preguntar antes de inventar.

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Lucía BarríaSociedad y vida

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