Cuando el recreo ya termina: pediatras argentinos encendieron la alarma por un acoso escolar que no se apaga al salir del colegio
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el bullying y el ciberbullying se retroalimentan: lo que empieza en el aula sigue en grupos de WhatsApp, redes y videojuegos hasta meterse en el cuarto del chico, con consecuencias que van del sueño alterado a la depresión.
Son las diez de la noche en una casa cualquiera de acá, en Buenos Aires, y el celular de una nena de doce años no deja de vibrar sobre la mesa del living. La madre, Daniela (45), lo mira de reojo mientras ordena la ropa y nota la pantalla encenderse cada pocos minutos con notificaciones de un grupo de WhatsApp del grado. No son mensajes inocentes. Son la continuidad, hora tras hora, de algo que la chica ya vivió en el recreo, en el patio, en los pasillos. Esa misma escena, multiplicada por miles, es la que encendió la alarma de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), que acaba de publicar un documento en el que describe cómo el bullying clásico y el ciberbullying se volvieron, en los hechos, inseparables.
El trabajo, que llevó meses de discusión entre ocho comités y subcomisiones de la entidad, pone el foco en algo que los pediatras venían viendo en los consultorios: la agresión ya no termina cuando suena el timbre de salida. Sigue en los grupos de chat, escala en redes sociales durante la noche, vuelve al aula a la mañana siguiente y, sobre todo, se mete en la pieza del chico sin que haya forma material de desconectarse. Para los profesionales, eso cambia por completo la magnitud del daño y obliga a repensar cómo miramos el acoso escolar hoy, nosotros, como sociedad.
Un día entero bajo acoso
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño”, explicó a este portal la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP.
El documento enumera un abanico de formas que adopta el ciberbullying y que, según los especialistas, los padres muchas veces no llegan a distinguir de una pelea más o menos normal entre chicos: mensajes de odio, burlas, acecho, votaciones para humillar a un compañero, perfiles falsos, suplantación de identidad, difusión no consentida de información privada, exclusión de grupos y manipulación de fotos, videos o memes. A ese listado, la SAP le agregó un factor nuevo: herramientas de inteligencia artificial que facilitan la edición y difusión de contenidos alterados, con la particularidad de que una sola publicación puede alcanzar audiencias muchísimo más grandes que las del aula y resulta muy difícil de borrar.
Qué es bullying y qué no
La entidad aclara un punto que parece elemental pero que en la consulta se confunde seguido: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para hablar de acoso escolar tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo: intención clara de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que impide a quien lo sufre defenderse o ponerle fin. Puede ser físico, verbal o relacional, y suele apoyarse en características concretas de la víctima, como el peso, el aspecto, la orientación sexual, el origen o las dificultades para aprender.
- Dolores físicos recurrentes, sobre todo de panza o de cabeza, que aparecen sobre todo los días de clase.
- Alteraciones del sueño: dificultad para dormir, pesadillas o querer dormir con la luz encendida.
- Cambios de humor marcados, irritabilidad, llanto fácil o aislamiento del grupo de amigos.
- Desgano escolar, pedidos reiterados para no ir a la escuela o para que lo pasen a buscar antes de hora.
- Reluctancia a entregar el celular, tapar la pantalla o cerrar rápido las aplicaciones cuando llega un adulto.
“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en los chicos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema”, completó Pedrouzo, en línea con lo que la SAP viene sosteniendo en sus últimas campañas.
Un llamado a familias, escuelas y equipos de salud
El documento de la Sociedad Argentina de Pediatría está dirigido a tres pilares que, cuando se desarticula uno, todo el resto se debilita. A las familias les pide estar atentas a las señales y, sobre todo, a sostener la confianza para que el chico cuente lo que le pasa sin miedo a que le saquen el celular como castigo. A las escuelas las interpela a involucrarse en el conflicto, a no minimizar las denuncias y a trabajar con los grupos enteros, porque el acoso se sostiene en la mirada de los demás. Y a los equipos de salud les reclama incorporar preguntas específicas sobre la vida digital en las consultas de control, porque muchos chicos llegan al consultorio con ansiedad, depresión o problemas de sueño y nadie les preguntó qué pasa en sus pantallas.
Volvemos a Daniela y a su hija, las diez y cuarto de la noche, en una cocina cualquiera de acá. Esta vez la madre se anima a preguntar, se sienta a su lado y, en lugar de retarla por el celular, le abre la puerta para que cuente. Es, según la SAP, el primer paso concreto para empezar a desarmar algo que, hoy, ya no se resuelve en el timbre de las tres de la tarde.
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Santa Cruz Informa