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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando el cuarto propio se vuelve un set: así se reconfigura la intimidad adolescente en la era de las redes

Paredes neutras, camas prolijas y luces de video reemplazan al caos creativo de siempre. Especialistas consultados por este portal advierten que la habitación dejó de ser refugio y se transformó en decorado para una audiencia que nunca termina de irse.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida · · lectura 4 min
Cuando el cuarto propio se vuelve un set: así se reconfigura la intimidad adolescente en la era de las redes

Entro al cuarto de Milena, 16 años, y me detengo en la puerta. No hay un póster torcido, ni una remera colgada del respaldo de la silla, ni un cuaderno abierto sobre la cama. Las paredes lucen pintadas en un beige casi de catálogo, la colcha está estirada como si nadie durmiera ahí y una tira de luces led recorre el techo en diagonal, lista para encenderse apenas se abre la cámara del celular. Milena me mira y se ríe: "Así tiene que estar, ¿sabés? Si no, queda feo en las fotos". Esa frase, acá en Lanús, donde vivo, es la misma que repiten decenas de adolescentes que conozco y que retrata un cambio cultural de fondo: la habitación dejó de ser un refugio para convertirse en un escenario permanente.

Del caos creativo al decorado para una audiencia invisible

Hace dos décadas, entrar al cuarto de un adolescente era enfrentarse a un territorio propio: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, libros en el piso y algún diario íntimo bien escondido. El desorden era parte del ambiente, una señal de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, para equivocarse a solas, para ensayar quién quería ser. Lo que vemos hoy en las publicaciones que circulan por redes es bien distinto: paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico.

“La habitación adolescente cumplía históricamente la función de espacio backstage, donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. Ese pacto se rompió.”Lectura desde la sociología de Erving Goffman

El sociólogo estadounidense Erving Goffman describió hace décadas una distinción entre el "frente de escena", donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno. Hoy, según la mirada de la escritora Sithara Ranasinghe, ese límite se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida, como si las paredes se hubieran vuelto de cristal.

  • El desorden creativo fue reemplazado por una estética uniforme y fotogénica.
  • La luz ya no está pensada para leer o descansar, sino para iluminar un encuadre.
  • Los objetos personales se ocultan porque pueden ser grabados y viralizados.
  • La aprobación de desconocidos pesa más que la mirada de los padres.
  • El margen de error y de improvisación, clave en la adolescencia, se reduce notablemente.

La cámara apagada también vigila

Lo más significativo, y lo que más me llamó la atención cuando recorrí varios cuartos de adolescentes de acá, del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible e internalizada, como explica la psicopedagoga Daniela Losiggio, que trabaja con adolescentes en escuelas de la zona norte del Gran Buenos Aires. "Los chicos me dicen que tienen miedo de que les graben sin querer, de que se viralice un papel en la mesa o una nota de la escuela", cuenta Losiggio, y agrega que esa preocupación los lleva a mantener sus espacios "limpios, neutros, casi sin huellas".

La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Cuando me voy del cuarto de Milena, todavía con la imagen de esas paredes tan prolijas, le pregunto si le gusta cómo lo tiene. Piensa un segundo y me dice, con una honestidad que me dejó pensando el resto de la tarde: "Sí, pero a veces extraño cuando era chica y dejaba todo tirado. Ahora siento que si dejo algo fuera de lugar, alguien me está mirando, aunque esté sola". Esa frase, me parece, resume mejor que cualquier manual el nuevo pacto roto entre los adolescentes y su propio espacio.

LB
Lucía BarríaSociedad y vida

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