Cuando despedir a un muerto se parece más a una fiesta que a un velorio: los rituales que el mundo usa para transformar el duelo en memoria viva
Un recorrido por las tradiciones funerarias de Nueva Orleans, México, Bolivia, Ghana y la comunidad surfera del Pacífico, donde la música, el color, la comida y el humor se convierten en herramientas colectivas para procesar la pérdida y sostener a los que quedan.
Hay una imagen que se repite cada vez que me zambullo en este tipo de notas y que, me animo a decir, resume todo lo que sigue: alguien muere, alguien prende un parlante, alguien cocina, alguien baila, y el barrio entero sale a la calle como si despidiera a un hijo querido en lugar de enterrarlo. Llueve o sale el sol, da igual: en muchas partes del mundo, el duelo no se vive recluido entre cuatro paredes, sino afuera, con los otros, con el cuerpo y con los sentidos puestos en lo que se fue. Eso es lo que vamos a recorrer acá: cinco tradiciones funerarias que convierten el dolor en celebración de la vida, y que tienen mucho para enseñarnos sobre cómo transitamos la pérdida los argentinos, los latinoamericanos y, en definitiva, cualquier persona que haya perdido a alguien.
Nueva Orleans: jazz en el cortejo y baile hasta el cementerio
En Nueva Orleans, el funeral empieza en la iglesia con una banda de jazz que toca un blues lento, solemne, casi un lamento. A medida que el cortejo avanza por las calles hacia el cementerio, la música se va acelerando, el ritmo se va soltando y termina siendo una fiesta abierta en la que familia, amigos y vecinos bailan alrededor del ataúd. No es falta de respeto, aclaran quienes lo practican: es la convicción de que honrar la vida pasada es más importante que quedarse llorando sobre la muerte. El muerto se va, sí, pero se va con música, y los que quedan se quedan bailando, abrazados, sosteniéndose en comunidad.
“Acá, cuando alguien se va, la banda va tocando desde la iglesia hasta el cementerio. Empieza con una marcha fúnebre y termina con un segundo línea donde bailan todos, los vecinos, los hijos, los nietos. Llorar y bailar van juntos, no se contradicen.”Maurice, vecino de Nueva Orleans, 58 años
México, Bolivia, Ghana y el Pacífico: cuatro formas distintas de decir hasta luego
- México, Día de Muertos: la UNESCO lo reconoce como patrimonio cultural inmaterial. Las familias arman altares con la comida favorita del difunto, flores de cempasúchil, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de color y de gente que pasa la noche junto a las tumbas, porque la idea es que las almas regresan, aunque sea un ratito, a compartir con los vivos.
- Bolivia, Ñatitas: cada 8 de noviembre en el Cementerio General de La Paz los creyentes llevan cráneos humanos, los visten, los adornan con flores, coca y cigarrillos y reciben la bendición. La tradición dice que esas Ñatitas cuidan la casa y pueden interceder por la familia que las venera.
- Ghana, ataúdes con forma de vida: los familiares encargan un féretro que represente el oficio o la pasión del difunto, un pez para un pescador, un avión para un piloto, una cebolla para un vendedor de mercado. El velatorio puede durar hasta tres días e incluye coreografías durante el traslado del ataúd, con gente bailando y cargando al muerto al ritmo de tambores.
- Surfistas del Pacífico: la despedida ocurre en el agua. Los deudos se forman en círculo sobre sus tablas, tiran flores al centro y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen en ese mismo lugar, con el mar como cementerio y el oleaje como música.
Mirado desde Buenos Aires o desde cualquier ciudad nuestra, todo esto puede sonar lejano, exótico casi. Pero lo cierto es que nosotros también tenemos rituales que cumplen la misma función: el café y los masitas que se reparten después del entierro, las velas que se encienden al mes, los rosarios que se rezan al año, las mesas que se tienden cada 8 de diciembre con el ausente como invitado principal. La forma cambia, la raíz es la misma: compartir el dolor para que no nos aplaste.
Porque, como explica la psicología del duelo, tener un marco colectivo para la pérdida no es un capricho cultural sino una necesidad. Un momento, un lugar y un grupo de gente que se juntan alrededor de lo que se fue ayudan a poner palabras y cuerpo a algo que, de otro modo, puede resultar inabordable. Compartir el dolor con otros, llorar en compañía, reírse de los recuerdos buenos, comer lo que al muerto le gustaba, bailar la música que sonaba en su casa: todo eso hace que la pérdida, sin dejar de doler, se vuelva un poco más transitables. Y a mí, cada vez que vuelvo a esta imagen de Maurice contándome que en su barrio la banda toca hasta el final del cortejo, me queda la sensación de que despedir bien a alguien es, en el fondo, aprender a seguir viviendo juntos.
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Santa Cruz Informa