Baños de bosque, la receta japonesa que invita a caminar sin apuro y apagar el teléfono
Nacida en el Japón de 1982, la práctica del shinrin-yoku propone recorrer entornos arbolados a paso lento y sin pantallas. La ciencia empezó a medir qué le hace al cuerpo.
Son las siete de la tarde en una plaza del centro y todavía queda sol. Los pájaros se cruzan entre los jacarandás, una señora pasa con el carrito del súper y un chico corre detrás de una pelota. En uno de los senderos, sentado en un banco, está Roberto Gómez, 52 años, con los auriculares colgados del cuello y la mirada clavada en el piso. Me ve llegar y me dice, casi como pidiendo permiso: «Acá vengo a pensar, ¿sabe? Es el único rato del día en que no me pasa nada por la cabeza». Roberto, sin saberlo, está practicando algo parecido a lo que en Japón llaman shinrin-yoku.
Una idea vieja con nombre nuevo
El baño de bosque no es una moda reciente ni una terapia alternativa extravagante. Nació en 1982, en plena transformación industrial japonesa, cuando el estrés crónico ligado al trabajo ya se había vuelto un problema de salud pública y el gobierno buscaba cómo devolverle a la gente el contacto con los espacios verdes del país. La idea era sencilla: caminar despacio entre árboles, sin cronómetro, sin objetivo deportivo, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más que eso.
Con el paso de las décadas, distintos equipos de investigación se propusieron medir qué pasaba en el cuerpo durante esas caminatas. Los resultados más repetidos muestran descensos en los niveles de cortisol, cambios favorables en la frecuencia cardíaca y una menor activación del sistema nervioso simpático, esa parte del organismo que se dispara cuando estamos en alerta. También se estudió la posible influencia de los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas.
- Bajar los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés.
- Modificar la frecuencia cardíaca y la actividad del sistema nervioso simpático.
- Estimular los sentidos en un entorno con menos estímulos artificiales.
- Favorecer una atención más tranquila, lejos de pantallas y notificaciones.
- Recuperar el contacto con ambientes naturales, algo poco frecuente en la vida urbana.
Una de las hipótesis que más circulan tiene que ver con la sobrecarga de atención del día a día. Entre el teléfono, el mail, el tránsito y las decisiones pendientes, el cerebro pasa gran parte del tiempo en modo reactivo, pendiente de lo que pueda aparecer. Un entorno arbolado no pide esa vigilancia: invita a mirar una hoja, a seguir el vuelo de un pájaro, a escuchar el viento. Esa pausa, sostienen los investigadores, podría explicar la sensación de mayor claridad mental que mucha gente describe después de una caminata así. Eso mismo es lo que dice Roberto, que arrancó a venir a esta plaza hace seis meses, cuando el médico le dijo que los números de la presión no le cerraban: «No es que piense distinto, es que dejo de pensar un rato, y eso me cambia el resto del día».
Conviene aclarar un punto que a veces se pierde: la mayoría de los estudios comparan al bosque con la ciudad, así que no se puede separar con precisión cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto de otros factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente la chance de alejarse unas horas de las obligaciones. Lo que sí parece firme es una idea más de fondo: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es bastante reciente.
Para quien quiera probar, la receta es austera. No hacen falta bosques lejanos ni equipamiento especial. Alcanza con un parque o una plaza arbolada, treinta minutos sin pantallas y la decisión de caminar lento, mirando alrededor. Al final del recorrido, Roberto se para, se sacude los pantalones y me mira con una media sonrisa: «Ahora me voy a casa, pongo la pava y recién ahí agarro el teléfono». Una forma bastante criolla, acá nomás, de hacer shinrin-yoku.
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Santa Cruz Informa