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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Ad Astra: el viaje hacia adentro de Brad Pitt la soledad del sistema solar

La película de James Gray que se proyecta este finde en el cinearte del barrio de Palermo combina una misión espacial con un drama familiar: un hijo que sale a buscar a su padre entre la Luna y Marte termina revisando su propia historia.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Ad Astra: el viaje hacia adentro de Brad Pitt la soledad del sistema solar

Les soy sincero: la primera vez que vi Ad Astra me quedé pegado al sillón, con esa sensación agridulce que dejan las películas que te interpelan sin pedir permiso. Es una de esas rarezas que uno recomienda con entusiasmo a los amigos, esos que ya peinamos canas y todavía creemos que el cine puede sacudirnos por dentro. La película de James Gray, estrenada en 2019 y que vuelve a las salas porteñas este fin de semana largo, tiene a Brad Pitt como protagonista absoluto, metido en la piel de Roy McBride, un astronauta modelo que mide su pulso mientras el mundo parece desmoronarse. Y lo mejor que tiene es que no se conforma con mostrarnos estrellas y planetas: se anima a preguntarnos por las cosas que duelen de verdad.

Ad Astra (con el corazón en la mano)

Antes de meterme en la historia, déjenme contarles dónde la fui a ver. La sala del Cinearte Multiplex, sobre la calle Cabildo, en pleno corazón de Palermo, tiene esa acústica mullida y esas butacas rojas que invitan a quedarse un rato más. Mientras la gente acomodaba los pochoclos y apagaba los celulares, en la pantalla ya se veía un planeta Tierra visto desde arriba, con esa paleta de azules y ocres que parece pintada a mano. Ese travelling inicial, de esos que te hacen sentir chiquito, es la carta de presentación de la película: el universo es enorme, pero acá lo que importa es lo que pasa adentro de un traje espacial.

Roy McBride trabaja para lo que hoy llamaríamos una agencia espacial global, y su tarea es clara: recorrer misiones peligrosas sin perder la calma. El pulso casi en reposo, la voz firme, la mirada al frente. Pero un día le llega la noticia que reordena todo: su padre, H. Clifford McBride, desaparecido hace casi dos décadas mientras lideraba una expedición a los confines del sistema solar, podría seguir con vida. Y los restos de esa expedición, llamada Lima, serían los responsables de unas ondas electromagnéticas que están sacudiendo a la Tierra. A Roy le ordenan interrumpir su trabajo, viajar a la Luna, Marte y más allá, y enviar un mensaje a su viejo para que regrese. Lo que empieza como una misión técnica se vuelve, de a poco, un viaje hacia los propios recuerdos.

Riesgos calculados y el pulso en cero

  • En la Luna, una base comercial yace sobre un paisaje muerto: allí, Roy debe sobrevivir a una persecución a toda velocidad entre rocas y cráteres, con la respiración entrecortada y el traje puesto. Es la escena que más adrenalina entrega la película.
  • En Marte, mientras espera un cohete que lo lleve más lejos, recibe un mensaje cifrado de su padre. Lo que escucha lo sacude por primera vez en años: su papá, en un audio tembloroso, le dice que vuelva a casa.
  • La nave que lo lleva al borde del sistema solar, el gigante conocido como el Cepheus, es el verdadero personaje silencioso: pasillos oscuros, salas vacías, el zumbido de máquinas que parecen latir como un corazón enfermo.
  • El final, en una Neptuno azul y fría, es el momento más humano de la película: padre e hijo solos, suspendidos en el vacío, con cuentas pendientes que ya no pueden esperar.

Lo que más me conmovió de Ad Astra es la decisión de Gray de contar la historia de una forma tan contenida. Pitt compone a Roy con una frialdad estudiada, como si el personaje hubiera aprendido a funcionar en piloto automático para no romperse. Recién cuando está en el Cepheus, en esas galerías enormes donde los astronautas viven en silencio, la coraza empieza a ceder. Hay una escena, casi sin palabras, donde Roy se sienta en un sillón flotante y mira por una ventanilla: ahí se entiende todo. La soledad del espacio es la soledad del que se quedó esperando a su padre sin poder enojarse del todo.

“La verdad es que todos buscamos algo cuando salimos al espacio exterior. Y muchas veces lo que más cuesta encontrar es lo que dejamos acá, en la Tierra, sin resolver.”Brad Pitt, en la rueda de prensa de presentación de la película en Venecia, 2019

El otro gran protagonista es el ojo de Hoyte van Hoytema, el mismo director de fotografía que después haría Oppenheimer. Las tomas del espacio, los reflejos en los cascos, la escala de las naves, todo está filmado con una paciencia que contagia. No hay explosión tras explosión: el suspenso se cocina a fuego lento, en pasillos oscuros y en rostros que apenas se mueven. La música de Max Richter, con esos coros graves y esas cuerdas sostenidas, hace el resto. Hay persecuciones y momentos de tensión, sí, pero el verdadero motor de la película son las preguntas que Roy se hace mientras flota en gravedad cero.

Si me dejan opinar, creo que Ad Astra es de esas películas que dividen aguas: hay quienes la encuentran lenta y otros, como este cronista, que salimos del cine con un nudo en la garganta. Me pasó charlando con amigos: unos la defendieron a capa y espada, otros la sintieron como una larga contemplación. Las dos cosas son verdad. Pero a mí, a mis 50 y pico, me sirvió para pensar en mis viejos, en los mensajes que uno nunca termina de mandar, en cómo a veces las expediciones más importantes no son las que nos llevan a Marte sino las que nos obligan a mirar para adentro.

Para no perdérsela

La película se proyecta este jueves, viernes, sábado y domingo en el Cinearte Multiplex de Palermo (Cabildo al 2800), en funciones que arrancan a las 20:30 y 22:45, con entradas a 6500 pesos para socios y 8500 para público general. Si están en Buenos Aires, dense el gusto: la pantalla grande, la sala en penumbras y un Brad Pitt contenido valen cada peso. Y si no, búsquenla en plataformas, pero vuélvanla a ver. Las películas que hablan de padres e hijos se ven dos veces: la primera, para entender la historia; la segunda, para entender la propia.

NB
Nicolás BahamondeCultura y espectáculos

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